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Contra el derrotismo

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04/07/2018 A A
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Contra el derrotismo
He defendido en reiteradas ocasiones el ‘alarmismo’, al que he definido como ‘pesimismo activo’, para contrarrestar ese mecanismo evasivo que tiende a negar los hechos cuando los hechos nos incomodan, desbordan y amenazan la tranquilidad en que vivimos. Defiendo la necesidad de un ‘alarmismo controlado’, el hacer caso al instinto de supervivencia cuando nos alerta del peligro. He sido acusado de exagerado casi siempre, y no hay acusación más corrosiva, porque sirve para proteger a los ‘equidistantes’, al mismo tiempo que invalida cualquier argumento o comprobación de los hechos descalificando al sujeto que los presenta.

Me toca ahora denunciar, por ser otro mecanismo igualmente evasivo, el fatalismo, el derrotismo, el considerar que todo, en el fondo, está perdido. Perdido de antemano. Perdido irremisiblemente porque «así somos los españoles», porque «esto no hay quien lo arregle», porque «ya es imposible pararlo». Me refiero, claro está, a la continuidad de España como nación y al desmoronamiento del Estado democrático que la sostiene. Poco a poco hemos ido pasando del ‘negacionismo’ al ‘derrotismo’, a interiorizar el fracaso colectivo como algo inevitable. Se me dirá que esta afirmación es también exagerada, la percepción de grupúsculos de intelectuales que poco saben de política.

¡La política! Se la arrogan los políticos profesionales para sí y envuelven todo en el misterio de ‘la negociación’, ese arte reservado a los más astutos y calculadores. La primera obsesión del poder es autoprotegerse, autolegitimarse, dotarse de una aureola de eficacia y sensatez que le permita tomar cualquier decisión sin obstáculos, camuflando sus intereses e ignorando las consecuencias de sus actos. El gobierno actual es paradigma de esa concepción bastarda e infecta de la política.

Pero esta política y estos políticos necesitan algo más para actuar como lo hacen. Necesitan cierta ‘legitimidad intelectual’, ampararse en un discurso que otros les ofrecen y con el que sostener lo que resultaría a todas luces insostenible, mezquino o directamente repugnante. Así está ocurriendo con la política de Pedro Sánchez y todo el PSOE-PSC, y digo todo, porque quien a estas alturas siga creyendo que este partido es regenerable, o es rematadamente obtuso o ignora lo que son vínculos tóxicos o patológicos.

He aquí un solo ejemplo de a lo que me refiero. Álvarez Junco, historiador muy reconocido, ha dicho: «Desde un punto de vista lógico, de pura filosofía política, dos nacionalismos son incompatibles. No puede haber dos soberanos en un mismo territorio. Desde el punto de vista práctico, a lo mejor no queda otro remedio». Esto sí que es un intelectual ‘orgánico’. Vean cómo la claudicación, el entreguismo, el derrotismo se viste de sentencia académica para legitimar lo que se considera un imposible. Piensen un momento en la terrible aberración que esta afirmación encierra.

Por un lado, separa la lógica y la filosofía, de la realidad política, como si fueran mundos con vida propia. Es una distinción muy ‘política’, a partir de la cual todo vale: una cosa son los principios, los programas, las propuestas, y otra los hechos. Es normal que esos mundos no coincidan. El arte de la política es disimularlo y aprender a mentir con descaro y sin rubor. Por otro, acepta que en una misma realidad (no hay mayor realidad que la del territorio), es imposible la existencia de dos nacionalismos. Pero deduce que, «desde el punto de vista práctico, a lo mejor no queda otro remedio». ¿Otro remedio de qué? Nuestro historiador no lo aclara, parece que lo da por supuesto. ¿Pero qué es lo que hemos de suponer?

Que aceptemos como inevitable una realidad imposible, una especie de monstruo con dos cabezas y acaso dos medio cuerpos, y quizás con un solo aparato excretor. O que uno de los dos nacionalismos desaparezca (naturalmente el que sobra es el español), en aquellos territorios donde se presente la incompatibilidad (¿en cuántos?). No importa que la lógica y la realidad salten en pedazos, y a un tiempo, sino el ir creando una opinión «intelectual» de que será irremediable lo que hoy todavía no se nombra, pero que se sobreentiende: el triunfo de los separatistas (de momento vascos y catalanes, los demás ya veremos). Nada más útil, para lograrlo, que difundir la idea de lo inevitable, amparados en el juicio de prestigiosos historiadores, juristas, y hasta constitucionalistas. Juicios disfrazados de sensatez y objetividad, claro, y no como lo que son, mera propaganda entreguista, derrotista, no sabemos si nacida de la cobardía, la claudicación, o el pago de favores.
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