Reconozco que soy un yonqui de la ironía y del sarcasmo, pero es la mejor vacuna que he encontrado para en más de una ocasión no inmolarme en esta columna. Entiendo que no seamos tan necios de no partir de la premisa de que si nos han vuelto a confinar es porque las cosas se han hecho no mal, sino muy mal. No seré yo el que señale con el dedo inquisidor el culpable o culpables de haber llegado hasta aquí, pero lo que es evidente es que el que menos responsabilidad tiene es el coronavirus. Este no entiende ni de ideologías baratas, ni de intereses partidistas ni de clases sociales. Ya han pasado muchos meses desde que amablemente se nos presentó, por lo que nadie puede decir que ahora nos ha vuelto a pillar por sorpresa. Él sigue siendo el mismo y lo más lamentable es que nosotros parece ser que tampoco hemos cambiado. Bueno, quizás me equivoque y sí hemos evolucionado en algo, pero para mal. Así nos va.
No obstante, lo del confinamiento o ‘confitamiento’, como ustedes prefieran, da para mucho más que para un libro. Se podría hacer incluso una trilogía nacional sobre la hipocresía y la vergonzosa utilización de éste con unos fines sectarios. Los que se quejaban de que no hubiera confinamientos, luego se indignaron porque estos se hicieran de manera selectiva y supuestamente eran estigmatizadores. Los que hace meses estaban en contra de los confinamientos, se convirtieron en palmeros de estos y se congratularon de impulsarlos. Los indignados por los confinamientos selectivos, cuando estos se ampliaron a mayor extensión geográfica entonces metieron de nuevo las cacerolas en los muebles de sus cocinas. En definitiva, una oda al país de pandereta en el que vivimos.
Que conste en acta que escribo estas líneas desde mi atalaya de Villaobispo de las Regueras, tierra libre de confinamiento al pertenecer a Villaquilambre, al menos hasta el momento, que ya sabemos que todo esto cambia igual de rápido que las promesas de nuestros dirigentes. Estos días agudizaré el oído para ver si escucho a algún que otro fariseo indignándose por la estigmatización que supone el confinamiento en León capital y en San Andrés del Rabanedo respecto a la noble y distinguida Villaquilambre. Ah, claro, que esto no es lo mismo. Bonito comodín para justificar ciertas contradicciones cimentadas en la soberbia y en la supremacía ideológica.
Estigmatizados o no, confinados o no, todos, sin excepción, estamos metidos en esta cazuela llamada España mientras seguimos siendo confitados a la espera de que los chefs que nos están cocinando, den con el ingrediente adecuado para de una vez por todas poder apagar el fuego que poco a poco nos está derritiendo.
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