Como contraste, tres nombres consolidados. En el elenco, el malagueño Carlos Álvarez (1966), uno de los barítonos más solicitados del mundo. Al frente de la orquesta, el italiano Nicola Luisotti (1961), responsable musical de la Ópera de San Francisco entre 2009 y 2018 y del Teatro San Carlo de Nápoles de 2012 a 2014, aparte de una autoridad en Puccini. Y por último, la pareja artística formada desde hace cuatro décadas por el belga Moshe Leiser (1956) y el parisino Patrice Caurier (1954). Con más de 80 montajes a sus espaldas, en 2003 concibieron una propuesta abierta y despojada de ‘Madama Butterfly’, que desde entonces no deja de reponerse.
El escenario minimalista subraya la soledad de la protagonista, igual que la iluminación. Los decorados de Christian Fenouillat recurren a los paneles deslizantes propios de las casas japonesas (opacos, llamados fusuma, y translúcidos, o shoji), que aportan movimiento y sirven de pantalla donde se proyectan distintos fondos: grabados orientales de paisajes y hasta una fotografía en sepia de la bahía de Nagasaki.
Cio-Cio San fue el personaje favorito de Puccini desde que vio el drama en un acto del estadounidense David Belasco. Estaba en inglés, idioma que no hablaba ni comprendía; pero le conmovió el amor incondicional de la ingenua geisha que vive de los recuerdos de su breve idilio con un marine de EEUU, quien la abandonó embarazada. El texto reunía las características de todas sus óperas: directa, rápida, con una heroína trágica en medio de un choque de culturas. Igual que Turandot o Tosca, Butterfly se sacrifica y asume su destino con determinación. En su suicidio y en la vigilia, el compositor intuyó grandes posibilidades musicales. Esas dos escenas fueron precisamente las novedades que había aportado Belasco a la novelita en que se basó, publicada en la revista Century por el abogado John Luther Long. Éste se había inspirado en unos hechos reales que le relató su hermana, quien vivió en Nagasaki junto a su esposo misionero.
Los insignes Ilica y Giacosa (en su tercera y última colaboración con el músico de Lucca) elaboraron un libreto excepcional, de gran unidad y hondura poética, aunque atípico por su única protagonista y su acción escasa. Por su parte, el autor de ‘La bohème’ desplegó su don para la melodía en el dúo de amor o el dúo de las flores. Pero también una instrumentación refinada, un desarrollo continuo gracias a los leitmotive… y un sonido asiático. Sin haber viajado nunca a Japón, captó su esencia mezclando citas literales (canciones del folclore), melodías en torno a la escala pentatónica –sin semitonos– e instrumentos típicos como el gong o las campanas tubulares. A su vez, caracterizó a los personajes con la música: el simple y directo Pinkerton frente a la compleja, cromática geisha, en permanente modulación. Sus arias contagian sensualidad, desesperación, ternura; muchas sopranos son incapaces de terminar ‘Un bel dì vedremo’ sin llorar.
El título llegaría a Covent Garden en julio de 1905, apenas un año después de ver la luz en La Scala, en el único fracaso de su fulgurante carrera. Pudo deberse a la falta de ensayos, a la hostilidad de la prensa (el editor había prohibido entrevistas) e incluso a un complot de sus detractores. De todos modos, Puccini retocó su trabajo «más sentido y sugerente», dividió en dos el segundo acto y añadió un aria para el tenor. La nueva versión se convirtió pronto en un clásico. Solo en Londres se ha representado más de 400 noches.
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