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Ciudad Teletrabajo

Ciudad Teletrabajo

OPINIóN IR

02/04/2020 A A
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Ciudad Teletrabajo
El Covid-19 no sólo está haciendo públicas y notorias las vergüenzas de unos y otros, si es que alguna vez las han tenido, sino que está echando por tierra algunos mitos como por ejemplo el del teletrabajo. A lo mejor ya no se acuerdan, pero a.C. (antes del Covid-19) estábamos locos por travestirnos en la inocente Dorothy de ‘El Mago de Oz’ y recorrer cuanto antes el camino de baldosas amarillas hasta llegar a Ciudad Teletrabajo. Y resulta, que ahora que el Covid-19 ha provocado que los alquimistas de la Moncloa nos hayan teletransportado a golpe de Decreto, de un día para otro, a Ciudad Teletrabajo, parece ser que no es la panacea.

Prepárense cuando acabe todo esto, porque los monólogos que van a regalarnos nuestros humoristas sobre este asunto no van a tener desperdicio. Y si no, al tiempo. El primer reto al que se enfrenta un novato en esto del teletrabajo es la búsqueda del lugar donde colocar tu oficina. Los que sólo están obligados a dar soporte telefónico lo tienen más fácil, pero a los que tienen que estar delante de la cámara de su ordenador se les complica el tema, ya que hay que buscar un fondo que intente mostrar lo menos posible tus gustos personales, tanto los confesables como los inconfesables. Y créanme que en ocasiones no es fácil, porque alguna pista de tu otro yo al final casi siempre se escapa. En estos días he visto cuadros y objetos detrás de mis interlocutores que ni por asomo los hubiera relacionado previamente con sus propietarios.

En el tema del vestuario te puedes encontrar de todo, desde los que se visten para la ocasión y los que te regalan camisetas de todo tipo, yendo desde una de Extremoduro a una que le dieron tras beberse cinco ginebras. Eso sí, tendré una ‘mente sucia’, como diría Antonio Resines en ‘Los Serrano’, pero siempre me surge la duda de la vestimenta que llevarán por debajo de la cintura. Y ahí ya dejo a la imaginación de ustedes las diferentes opciones que se nos plantean.

Vale. Ya tenemos escenario y uniforme. Y ahora llegan los personajes de reparto, que se meten en plano visual o sonoro aunque no estuvieran en el guión. En este aspecto hay que distinguir entre adultos y niños. En los primeros están los espontáneos que de repente entran en plano enfundados en batas, pijamas y vestuarios más o menos decorosos. Su aparición es fugaz, pero causan el mismo impacto que ‘la niña de la curva’. Pero sin duda, los enemigos acérrimos del teletrabajo son los más pequeños, quienes no entienden, o sí lo hacen pero les resbala, que sus progenitores se están ganando el pan desde casa. Una vez más, la inocencia de los niños nos ha regalado a los adultos la valiosa lección de que el teletrabajo puede estar bien para algunos casos, pero que no es el invento del siglo. Ellos no entienden que estés hablando con tu jefe o con un cliente, para ellos tú eres su padre o su madre y consideran que tienes dedicación exclusiva, así que gritan, lloran y aparecen por la parte inferior de la imagen como la mismísima niña de ‘The Ring’ cuando sale del pozo. Y es en esos momentos cuando te acuerdas de esos que dijeron que los niños no son de los padres, porque papá y mamá Estado en ese momento no están ni se les espera.

Fíjense el poder que tienen nuestros herederos, que han conseguido que sus padres y madres tengan que madrugar mucho más de lo que lo hacían cuando iban a la oficina para así poder adelantar algo de trabajo hasta que ellos se despierten. Pero esto tiene un problema, no veo yo llamando a un cliente o haciendo una reunión con los compañeros de trabajo a las siete de la mañana. Sin olvidarnos del efecto secundario de madrugar tanto, ya que luego durante todo el día te arrastras por tu casa como alma en pena, estando reducida tu capacidad de paciencia a límites insospechados, con las consecuencias que ello conlleva. Y así entramos en una espiral que provoca en muchos casos, que los que alguna vez soñaban con Ciudad Teletrabajo están tachando los días en el calendario para volver a lo que creían una cárcel y que ahora lo ven como un paraíso.
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