En el proceso de acelerado haraquiri que el partido Ciudadanos ha iniciado desde las últimas elecciones, el capítulo destinado a esta región es de libro (bíblico). Llegado a su decisoria posición gracias a un discurso de regeneración y cambio que se entendía tal que apartar al partido que ha gobernado 32 años, el abanderado de esa metamorfosis se echó atrás a la primera de cambio y, negociando directamente sin dar oportunidad alguna al partido más votado, llegó a un acuerdo risueño y bonancible con el partido de toda la vida, cifrando aquella supuesta regeneración en la firma de un documento de cien medidas, parapeto inútil a las críticas por tanto disimulo y descaro. Señor Igea, ya hemos descubierto cuál era esa, su regeneración. Lo saben sus votantes, a los que usted mismo considera «cabreados» por este fraude. Y si, como dicen, esta decisión no era la suya sino la del partido en Madrid, peor aún. Ha comulgado ruedas de molino cuando ante tamaña imposición y fingimiento la única salida digna era dimitir. De poco vale que se haga usted el verso suelto, si a la hora de la verdad rima con el resto.
Ítem más. Con la lectura del centenar de medidas firmadas por ambos grupos ocurre como con los prospectos médicos: hay que tomárselos con humor o no te medicas. Cada párrafo lleva consigo su contrario, la ley y la trampa en uno, de manera que puede cumplirse o no sin incumplirlo (o no). No hay plazos ni exigencias pero abundan comisiones, excepciones y contraindicaciones. Reluciente e inservible cual navaja de Ockham sin filo.
Para muestra, cualquier botón. Y de la abotonadura entre los supuestos renovadores y el partido «revolucionario institucional de aquí» puede interesar detenerse en las medidas que se han firmado relativas a la cultura. Son concretamente las que cierran (cómo no) el decálogo (pues el centenar se divide en diez apartados), en su décima sección, de la 94 a la 100 que, no por casualidad, se llama ‘Turismo y cultura’: lo primero es lo primero. En ellas, tal como ha solido suceder desde casi siempre, el patrimonio cultural solo se concibe como recurso turístico. Nada acerca de su valor o su estado de conservación y conocimiento, nada sobre sus notorias carencias y los medios destinados a mantenerlo, tan evidentemente escasos, nada sobre la promoción de la creación en esta tierra. Nada que ataña al patrimonio o la cultura en sí mismos, salvo como herramienta. Si este es el cambio o, al menos, la supuesta regeneración, ya sabemos cómo va a ser el resto. Más de lo mismo.
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