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Cambio ambiental: la cara agria del Antropoceno

EL BIERZOIR

Los agricultores han detectado que hay menos materia orgánica en los suelos. Ampliar imagen Los agricultores han detectado que hay menos materia orgánica en los suelos.
| 16/07/2018 A A
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Cambio ambiental: la cara agria del Antropoceno
Arriba las ramas Por Valentín Carrera
La comunidad científica internacional de manera casi unánime considera que el famoso cambio climático es una evidencia científica imposible de negar. «Es como negar la ley de la gravedad o que dos y dos son cuatro», dice el meteorólogo Xavier Fonseca.

Para no caer en las trampas del lenguaje que tanto gustan a los negacionistas, quizás se entiende mejor de qué estamos tratando si hablamos de «calentamiento global del planeta» (la temperatura media ha subido en los últimos años) y, sobre todo, de «cambio ambiental». «Lo que se está produciendo –afirma el geógrafo Augusto Pérez Alberti, recién llegado de la Antártida– es un cambio ambiental profundo como consecuencia de la acción humana; por eso, esta era en la que vivimos se conoce como el Antropoceno».

¿Qué está pasando en el Antropoceno? ¿Cosas remotas y exóticas, un agujero en la capa de ozono, un casquete polar que se derrite… o más bien cosas cercanas —un huracán, una tormenta torrencial, un incendio devastador— cuyos efectos inmediatos están ya entre nosotros? Contesten ustedes.

La observación popular y científica, el sentido común y la experiencia nos dicen que, en el noroeste de la Península Ibérica, por no ir más lejos, en las últimas décadas descendió el número de días fríos, en primavera aumentó la frecuencia de días y noches cálidas, cambió la distribución de lluvias: menos en febrero y más en octubre, hay más episodios de lluvia intensa; desde los años 60, cada vez hay menos días de nieve; las primeras heladas llegan cada año un poco más tarde, se evapora más el agua del suelo y hay más sequía; hay más incendios forestales que en tiempo de los abuelos.

Los pescadores de los ríos asturianos, leoneses y gallegos saben que ha cambiado la reproducción del salmón (más precocidad sexual), que se han reducido cada vez más las capturas de salmón y lamprea, que hay mayor mortandad de embriones, que hay más enfermedades víricas y bacterianas de los peces.

Nuestros agricultores ya han detectado que hay menos materia orgánica en los suelos (descenso de hasta un 30% que ya no se corrige ni con fertilizantes); que la floración del castaño se ha adelantado desde 1970 en torno a 2-3 semanas (antes era en agosto, ahora es en julio); que también el sabugueiro florece un mes antes de cuando solía; que se anticipa la caída de la hoja en zonas de interior; que las golondrinos ya no llegan en primavera, sino a comienzos de marzo, en pleno invierno, y que se van más tarde, en septiembre (una media de 19 días más, desde 1970); que las mariposas de la col empiezan a volar en marzo; que la vid adelanta la floración casi un mes, y en 2017 la vendimia en algunas zonas de mencía fue en pleno mes de agosto, porque también se adelanta la maduración de las uvas; que terrenos y fincas que nunca fueron viñas, hoy son espléndidos viñedos, y que distintas variedades de uva brotan fuera del período de heladas, porque hay menos heladas y cada día más tardías.

Los senderistas y montañeros que disfrutan de sus paseos por la naturaleza, han observado que en relación con la altitud, la temperatura también ha subido: en lo alto de las cumbres, las temperaturas mínimas no son tan mínimas y las máximas no son tan máximas. Que la vegetación de El Bierzo, Galicia y Noroeste va siendo cada vez más mediterránea, y que por ello aumenta el riesgo de incendios no solo en verano y otoño, sino en pleno invierno.

Una veterinaria nos corroborará que cada vez hay más epidemias y endemias, y que se está reduciendo la biodiversidad, y que muchas especies están en riesgo de desaparición.

En las costas cantábricas y atlánticas, los oceanógrafos y los marineros ya saben de sobra que cada año hay menos sardina y jurel, y mucho menos pulpo, por la sobrepesca y el turismo masivo: ¡Millones de turistas queriendo comer pulpo a la gallega donde no lo hay, mientras el mar empieza a dar síntomas de agotamiento!

En los últimos años, la temperatura superficial del mar en Galicia ha aumentado 0,2ºC, al tiempo que las Rías Gallegas se están haciendo caribeñas: menos renovación de las aguas profundas, y más lenta, lo que significa más salinización, menos oxígeno, menos vida a bordo.

Menos biomasa cada año y menos biodiversidad, al tiempo que empezamos a convivir con especies tropicales o invasoras, desde el pez corneta a la velutina.

Todos estos fenómenos, y otros muchos, complejos, están sucediendo a la vez, aquí y en todas las partes del planeta –«Todo está relacionado», decía Humboldt–, y está afectando directamente a nuestra salud: más alergias y nuevas enfermedades y epidemias, intolerancias alimenticias, virus tropicales, y todas las variantes imaginables del cáncer, la enfermedad del Antropoceno.

Podemos seguir cruzados de brazos, quemando el planeta, emitiendo gases contaminantes, envenenando ríos y pantanos, arrasando bosques, o comenzar a caminar en la dirección contraria. ¡Arriba las ramas!
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