Y prefiero llamarla por su nombre de casa, por el que tiene connotaciones familiares, casi íntimas, ya que para algunos, entre los que me cuento, lo ocurrido estos días en sus valles se parece mucho a ver arder la casa de tus propios antepasados. Una casa ni mejor ni peor que otras, pero llena de estancias particularísimas, de espacios singulares, repletos de memorias que solo pertenecen a los miembros de esa familia de emociones, paisajes y tradición.
A las personas con cierto nivel de empatía, la desgracia de esta familia también los conmueve. Y seguro que habrán reflexionado sobre si su posición de «periferia de la periferia», no solo geográfica sino también cultural y política, habrá tenido algo que ver con la dimensión que llegó a adquirir la destrucción provocada por el fuego. Se preguntarán si estas cosas pasan también en esos centros o focos que sirven para establecer, por antagonismo, lo periférico.
Y posiblemente advertirán que en esas periferias no solo son los fuegos del monte lo que arden. Hay otros fuegos que llevan por delante, no árboles y matorrales, churidas y carqueixas, sino formas de ver el mundo, derechos civiles y políticos, culturales y tradiciones propias. Llamas de aculturación y uniformidad que no entienden de diversidad ni de riqueza ecocultural.
Porque en Cabreira hace mucho que arde otro tipo de fuego. El que con desprecio absoluto a los mandatos de los tratados internacionales asumidos por España, con olvido malintencionado de lo que dispone el artículo 5.2 del Estatuto de Autonomía de Castilla y León, está calcinando su lengua tradicional: el cabreirés.
Tal vez, cuando todo sea monte quemado y calvo, tendremos un solar en el que construirle un museo.
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