Podría decirse que Valor sentimental, más que la historia de una familia —como se ha repetido desde su estreno en el pasado Festival de Cannes, donde se alzó con el Gran Premio del Jurado—, es la historia de una casa. Joaquim Trier abre de hecho su película presentándola como un personaje más: mientras la cámara se mueve de habitación en habitación, la voz en off de Nora, la protagonista que interpreta Renate Reinsve, recita una redacción que escribió de niña y en la que se ponía en la piel de su hogar, testigo, como ella misma, de una infancia turbulenta, llena de «ruido» —en referencia a las discusiones constantes de los progenitores—, y más tarde de un silencio luminoso tras la marcha definitiva del padre. Una casa de facciones hermosas y arquitectura singular, pero defectuosa desde su origen, agrietada como la propia familia que la habita. Lo físico refleja aquí lo afectivo: el valor sentimental de las cosas reside en la huella que se deja en ellas, más aún si esa huella tiene forma de cicatriz. La película se construye así sobre una idea, recurrente en el cine y la literatura, que el director noruego y su extraordinario elenco de intérpretes son capaces de abordar con una expresividad renovada: la familia pesa y no siempre es posible escapar de la casa de cada uno, pues en ella está grabado lo que se ha sido y todavía se es.
Nora, actriz con miedo escénico, obligada a actuar casi contra su voluntad, se siente sola y está, en sus propias palabras, «jodida». Su padre, Gustav, encarnado por el veterano Stellan Skardgard, es un director reconocido internacionalmente que regresa tras años de ausencia, pero no para ejercer por fin de padre, sino para ofrecerle a su hija mayor el papel principal de su última película: un intento de apropiarse de una historia familiar de la que apenas ha formado parte, concebida además como culminación de una carrera que, como su propia vida, está acercándose a su final. Incapaces de reconocerse el uno al otro, solo el juego de representación que es todo arte escénico, ese pretender ser otra persona —en un momento dado los rostros de las protagonistas se superponen en una rima nada disimulada a Persona (1966), de Ingmar Bergman—, permite decir lo indecible y recoser, aunque sea parcialmente, ese lazo roto entre padre e hija. Gustav, encarnación del artista romántico —hombre, por supuesto—, que está convencido de que la libertad creativa exige sacrificar todo vínculo —¿cómo alumbrar una obra de arte genial si hay que llevar a los hijos al fútbol por las tardes?—, escribe un personaje pensado expresamente para su hija y que nadie más que ella podría interpretar porque es la única forma que tiene, torpemente, de pedirle perdón. Y Nora termina aceptándolo porque solo haciendo de sí misma es capaz de entender que su dolor nace en esa grieta que desgarra desde hace generaciones su propia casa, ahora reparada en un set cinematográfico, repintada de blanco, casi como purificada.