Fui a La Ercina invitada por Susana, la madre de José. Me dijo: "Ven un par de días, desconecta un poco." Y yo fui. Porque cuando una mujer te ofrece su casa con cariño del bueno, lo mejor es decir que sí.
Conocí a Susana hace años, en una habitación de hospital.
Ella cuidaba de una monja, y yo pasaba los días con mi abuela, que estaba ingresada.
Compartíamos habitación allí. Nos cruzamos en los pasillos, en las horas largas, en los silencios pesados que se hacen más livianos cuando alguien te ofrece conversación sin obligar.
Desde entonces, nos une esa relación que no se nombra pero se siente: respeto, compañía y cariño sin ruido.
Su casa en La Ercina huele a leña y a presencia. Allí el tiempo parece estirarse. Las cosas no se apuran. La noche cae despacio, pero cae entera.
La segunda noche no podía dormir.
Demasiadas ideas.
Demasiadas cosas no dichas.
Me levanté a por agua y la encontré en la cocina, con una taza humeante entre las manos.
—¿Tú tampoco duermes?
—No. Hace días que no.
Me señaló el frasco de cristal que tenía en la repisa.
—Valeriana. La recojo por aquí cerca, en zonas húmedas. Mi madre la usaba mucho.
Preparó otra taza para mí.
Mientras hervía el agua, sacó un poco de raíz seca.
Tenía ese olor entre dulce y terroso que te entra sin permiso.
—Esto no hace milagros —me dijo—, pero a veces ayuda a que lo de dentro se aquiete.
La infusión era fuerte, con carácter.
Como esas mujeres que saben calmar sin suavizarse.
Nos sentamos a beber en silencio.
El reloj marcaba las dos y pico.
Una gata callejera, blanca y parda, apareció en la ventana.
—Siempre viene cuando preparo valeriana —susurró Susana—. Le encanta.
Y no supe si era por el calor, por el recuerdo de mi abuela, por la conversación de hospital que nos había unido años atrás…
pero sentí que podía dormir.
No porque todo estuviera resuelto,
sino porque alguien había sostenido el desvelo conmigo.
Y eso también cura.

Susurros de valeriana (Valeriana officinalis)
Crece en los prados húmedos, cerca de los ríos, en rincones frescos donde el silencio tiene raíces.
Se usaba en los pueblos para:
• calmar los nervios y la ansiedad
• ayudar a conciliar el sueño
• bajar la tensión de los días largos
• incluso para tratar el timpanismo del ganado o aliviar a los cerdos tras la castración
Su raíz, seca, huele fuerte. A los gatos les encanta.
Y a las mujeres que no se permiten parar, les recuerda que el descanso también es medicina.
Receta emocional: Infusión para dormir lo que aún duele
Un trozo de raíz seca de valeriana
Una taza de agua recién hervida
Y una casa donde alguien te escuche sin prisa
Hierve el agua, añade la raíz.
Tapa y deja reposar cinco minutos.
Bebe despacio, sin distracciones.
Y si no logras dormir, no te enfades con el cuerpo.
A veces basta con saber que no estás sola en el desvelo.
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