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Boston, un aleph, una botella

Boston, un aleph, una botella

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Rubén G. Robles | 06/08/2020 A A
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Boston, un aleph, una botella
La corona de Heinrich (IX) El profesor francés recibirá en el museo Dorchester Heights deBoston nuevas revelaciones sobre una botella de cristal con la capacidad del oráculo en su interior
Capítulo VI
Boston
Massachusetts
Estados Unidos


Fuera, en el General Edward Lawrence Logan International Airport de Boston, se organizó de nuevo una tormenta con enorme cantidad de rayos y relámpagos que comenzaron a caer con fuerza junto a vientos extremos. Las Apple Islands y la localidad de Winthrop, sobre las que se asentaban las 1000 Ha del aeropuerto de la capital de Massachusetts, se vieron sacudidas con una fuerza terrible que obligó a que nadie pudiera salir de la Terminal E.
–Quizás tengamos que pasar aquí la noche -le dijo Marie a Jean Louis.
Sonó el teléfono, ella lo cogió y se retiró unos metros. Después de unos minutos regresó junto a él.
–He hablado con Cinthia. Es una eminencia en cuestiones de la Guerra de la Independencia de Estados Unidos. Tiene documentación sobre lo que algunos de los protagonistas de la Guerra de la Independencia escribieron en sus diarios.
–¿Sabemos algo más?
–Sí, se trata de referencias sobre un raro objeto de cristal.

Marie avanzó por los pasillos. El tiempo había mejorado y parecía que podrían salir a las calles de la ciudad. Pasaron por los arcos de detección de metales y se pusieron en cola para mostrar sus pasaportes a los agentes de la aduana. Marie se miró en un diminuto espejo y se retocó los labios mientras Jean Louis buscaba la salida. Siguieron caminando hacia las puertas. En megafonía sonaron de nuevo los avisos de que las fuertes lluvias habían pasado y se podía salir.

Una furgoneta negra les esperaba fuera de la terminal y al cogerles desapareció circulando entre los coches y calles de una ciudad que recuperaba la ruidosa normalidad tras la furia de los elementos. La tormenta en Boston apenas había durado cuarenta y cinco minutos, pero a su paso había dejado árboles destrozados, carreteras cortadas, cables y tendidos eléctricos por el suelo, torres de comunicación destruidas y zonas inundadas. Pero el programa del día de la Organización continuaba según lo previsto. Alrededor del edificio del Museo la imagen era de un parque arrasado por las condiciones terribles de la tormenta que acababa de pasar.

Cinthia, una mujer afroamericana de unos cuarenta y cinco años de edad, les estaba esperando a la puerta del edificio del Dorchester Heights National Museum acompañada de otras dos mujeres más jóvenes y con aspecto de ser sus ayudantes. Cinthia era una mujer sonriente, elegante, divertida y llena de una energía vigorizante.
–Buenos días y bienvenidos a la ciudad de Boston -les dijo cordial y comunicativa aquella mujer. Tenía una voz dulce y un lenguaje corporal visual y afable. Cinthia esbozó una sonrisa amplia y bien cuidada.
–Algunos de ustedes ya me conocen, para los que aún no saben quién soy, mi nombre es Cinthia Allister, directora del Museo Dorchester Heights. Hemos encontrado en la biblioteca del Museo y en el escritorio de campaña del oficial estadounidense Ethan Allen documentación que estoy segura resultará de gran interés para sus investigaciones.
Al poco la directora despareció en el interior del museo y subió en un ascensor para acceder a la zona de las oficinas de administración del edificio. En las vitrinas de las paredes de la sala, había algunos objetos, los restos de una guerra, atesorados como reliquias del glorioso momento previo a convertirse las colonias norteamericanas en una nación.
Algunos uniformes lucían emblemas de unidades combatientes cosidos sobre las guerreras. Había restos de algunas banderas de barras y estrellas llenas de condecoraciones. Había también algunas hojas sueltas de diario donde se relataban momentos precisos de la contienda, detalles de los enfrentamientos, número de contendientes y bajas, hojas de intendencia y biblias de hombres creyentes.

Cuando apareció Cinthia las luces habían perdido su intensidad, el silencio había crecido para escucharla y volvió a repetir las palabras de bienvenida de la persona afable y cordial que era. Llevaba un pañuelo al cuello, el aire acondicionado parecía molestarle. Pidió a uno de sus ayudantes que encendiera el proyector y que le acercara el micro.
–En las vestimentas de algunos de nuestros soldados del Green Mountain Boys se encontraron los papeles de un diario donde se describía la toma de la fortificación de Dorchester Heights. Como sabrán, el Museo se asienta sobre la antigua fortificación británica de Dorchester.

El asombro recorrió los rostros en penumbra de la sala.
–La reciente adquisición, por parte del señor Tennyson, del escritorio de campaña del oficial Ethan Allen, ha permitido la obtención de documentación muy valiosa sobre los mismos hechos.

El silencio pareció hacerse más grande.
–Como ustedes recordarán, y haremos un rápido resumen, la de Dorchester Heights fue la primera victoria de George Washington y el ejército continental durante la Guerra de la Independencia. Cerca de dos mil hombres con artillería y cañones asediaron a las tropas británicas durante once meses. ¿Cómo llegaron aquellos cañones hasta aquí?
Ella miró a los asistentes esperando que alguien dijera algo.
–La respuesta no es sencilla, no fue sencillo traerlos hasta aquí. Los cañones habían sido arrastrados desde una distancia de unas 300 millas. Nuestros soldados tuvieron que utilizar paja para ensordecer el ruido de sus ruedas durante el transporte. Fue un ejemplo de táctica y esfuerzo por parte de los hombres que formaron parte de nuestro primer ejército.

A algunos oyentes se les veía entusiasmados con lo que Cinthia les estaba contando.
–Los hechos que les he resumido tuvieron lugar en marzo del año 1776 y con esta victoria se expulsó a las tropas británicas de Boston. La señorita Georgina Williams les va a pasar una copia del primer documento.

Les entregaron una hoja facsimilar en papel y en un formato reducido. Se podia leer:

«Era tarde en una noche oscura cuando vimos las primeras luces de la línea de la costa en Boston. Las tropas estaban realmente, cansadas, diría que exhaustas, después de llevar cincuenta y nueve pesados cañones del Fuerte de Ticonderoga a través de las carreteras bloqueadas y embarradas de la campiña.
Habíamos perdido ochenta hombres en dos enfrentamientos previos con las tropas de la guardia real británica. No fue un camino fácil llegar a Boston pero lo hicimos con bravura.

Después de uno de los movimientos más duros que he tenido, Dorchester Heights apareció frente a nosotros. Un viento helador envolvió nuestros movimientos.
Ethan Allen tomó a un grupo de granjeros, no más de veinte. Colocó a dos artilleros en las colinas y así adquirimos ventaja desde una extraordinaria posición, sobre el campamento…».
–En este primer documento, continuó Cinthia después de unos minutos para la lectura, se describe la llegada de los primeros hombres de las tropas estadounidenses, empujando con dificultad los cañones obtenidos en la toma de la Fortaleza de Ticonderoga. En el siguiente documento uno de nuestros oficiales más ilustres, John Thomas, quien luchó durante aquel enfrentamiento junto a George Washington, se preguntaba cuál era la razón que había impulsado a George Washington a ir a la fortaleza de Ticonderoga en busca de los 59 cañones. Henry Knox fue quien trajo las piezas con gran dificultad y lo cierto es que resultaron decisivas para el asedio de nuestra ciudad. Efectivamente, tampoco podemos olvidarnos del trabajo de conquista del fuerte de Ticonderoga que realizaron Ethan Allen y Benedict Arnold.

La señorita Williams pasó de nuevo entre las sillas entregando de nuevo una copia y una transcripción del documento. En esta ocasión el estado del original era pésimo y apenas se podían leer unas cuantas palabras.

«Nadie pudo explicar la razón por la que fuimos al fuerte de Ticonderoga para coger esos cincuenta y nueve cañones. Nadie se quejó de las muy terribles condiciones en las que fueron transportados. La fortaleza no estaba suficientemente protegida y tomarla iba a ser realmente fácil, pero eso no lo sospechaba nadie aún. Ethan Allen es un gran estratega, pero nadie sabe cómo obtuvo la información sobre la situación de desabastecimiento de armas de Ticonderoga, permaneciendo aún como un gran misterio».

Algo le decía a Jean Louis que de un momento a otro aparecería en el diario la referencia a un objeto del que ya había oído hablar, en el relato de Gil y Carrasco y en las cartas de Rommel, un objeto sobrenatural que permitió la victoria, una vasija de vidrio, con la habilidad para ver el futuro, una suerte de recipiente transparente con la capacidad de un oráculo para predecir, con la propiedad de enseñar en su interior lo que habría de pasar.
–Por último –dijo Cinthia-, me gustaría enseñarles la tercera de las hojas que aparecieron en un cajón de madera.
–Ahí está -pensó Jean Louis.
–Una caja que hacía las veces de escritorio de campaña. Junto a las cuentas donde aparecían sueldos, gastos comunes, pago de medicinas y calzado -señalaba ahora Cinthia con el puntero láser mientras aparecía la imagen del objeto de madera sobre la pantalla-, apareció un último escrito donde se describen las convulsiones, unas contracciones intensas e involuntarias de los músculos del cuerpo, acompañadas de gritos violentos del General George Washington en los días previos a la decisión de tomar los cañones del Fuerte de Ticonderoga. Se acompaña la descripción de la enfermedad que padeció con una valoración de la importancia de los cañones para repeler el ataque de los navíos del General británico Howe. No dejen de leer con atención las dos últimas líneas porque lejos de ser la forma en que se recoge un rumor de las tropas, se atribuye la victoria de aquel día a una extraña presencia entre los hombres que componían las fuerzas continentales. Este último documento es el testimonio de Henry Knox, el oficial que trajera desde Ticonderoga los cincuenta y nueve cañones británicos y que recoge el ánimo de las tropas en aquellas jornadas de la victoria.

«Nunca había visto tan ansioso a este grupo de hombres valerosos. Después del día de los gritos de Washington y del resto de hechos bastante extraordinarios todo el mundo estaba inquieto. Se decía que un objeto del general francés Montcalm, un raro objeto obtenido por las tropas del general Abercrombie y encontrado en el campamento británico de Ticonderoga, fue el responsable de todo este desorden. Obtuvimos la victoria, pero espero que no fuera con la intervención del demonio».


En la entrega de mañana una profesora sefardí desvelará a Jean Louis Lecomte cuales fueron los objetos que Enrique Gil y Carrasco llevó a Prusia en 1844.
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