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Belleza y muerte de los Stukas en Comala

Belleza y muerte de los Stukas en Comala

EL BIERZO IR

Detalle de una imagen del hotel Oliden, en la despedida de las tropas nazis, en una foto recogida por iLeon. Ampliar imagen Detalle de una imagen del hotel Oliden, en la despedida de las tropas nazis, en una foto recogida por iLeon.
Valentín Carrera | 09/11/2020 A A
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Belleza y muerte de los Stukas en Comala
Lo pequeño es hermoso "Hay un Comala de fusilados errantes en cada pueblo de León, o de España... Hablemos de la Legión Cóndor y de las operaciones secretas del franquismo..."
El año que nació el escritor Carlos Fidalgo, el mejor profesor de literatura de todos los tiempos, don Benito Varela Jácome, nos hablaba a los alumnos y alumnas de COU -tras seis años de bachillerato franquista, rigurosamente separados por sexos, en COU tuve mi primer curso mixto-; nos hablaba, digo, de un exótico y desconocido Juan Rulfo, y de su novela Pedro Páramo.

Sé que la leí en 1973 -el año en el que Carlos nació en Bembibre-porque conservo los apuntes de las clases magistrales de don Benito y la edición manojeada de Pedro Páramo y El llano en llamas, Planeta 1972, 75 pesetas, cuya página 201, subrayada, recuerda al lector de ‘Luvina’ que «la muerte es una esperanza».

Desde 1973 -mientras Fidalgo iba creciendo a la literatura- he leído Pedro Páramo media docena de veces, y estaba a punto de recomenzar «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre…», cuando un Junkers JU 87 Stuka bombardeó mi mesa de trabajo con la nueva novela de Carlos Fidalgo (Stuka, Algaida, Premio Letras del Mediterráneo 2020). Me da igual si usted malpiensa que la anécdota es forzada; la realidad no pide disculpas, y quizás por la curiosidad, o por ser Carlos compañero de letras y armas, y buen amigo, lo cierto es que aparté el libro de Rulfo, «tal vez la mejor novela en castellano de todos los tiempos», y abrí sin demora Stuka. Abrí y devoré.

«Se incorporó sobre la almohada, el cuarto olía a vómito, y notó un martillazo en las sienes, como si un herrador hubiera confundido su cabeza con la pezuña de un caballo» , así me iba sintiendo yo, a medida que avanzaba sin tregua por los cielos y por las trincheras de Stuka, persiguiendo a Grethe por los cabarets de Berlín.
Ahora regresan -si es que alguna vez se han ido- las señoras y señoros de Vox, y nos dicen que mejor no remover la voz dormida (Dulce Chacón); mejor el silencio de los muertos de Comala, sino fuera que están las cunetas de nuestra guerra civil llenas de almas sin descanso. La historia mal contada, jamás contada. Parece ser que Franco salvó a España de la Segunda Guerra Mundial.

En efecto, Franco nos salvó de la Guerra Mundial y en León nunca estuvo la Legión Cóndor, ni el tren nazi transportaba aviones desde Vigo hasta el aeródromo de la Virgen del Camino; ni tenían su cuartel general en la Casa de los Alemanes, junto al hotel Oliden –hoy Alfonso V-; ni se follaban los ases de la aviación nazi (Galland, Molders y tantos otros) a las señoritas leonesas de la alta y de la baja sociedad; tampoco acudió ningún leonés entusiasmado -sino miles- a despedir a la Legión Cóndor cuando regresó al frente norte; ni nació a los nueve meses en León ningún “alemanito” rubio. Nada de eso ocurrió, ni estuvo el Caudillo con el general Kindelán en la gloriosa despedida en la Virgen del Camino; ni López de Uribe lo ha documentado; ni León es Comala.

Entonces, la novela de Carlos Fidalgo te da un martillazo en las sienes, y te recuerda que hay un Comala de fusilados errantes en cada pueblo de León, o de España. Hablemos de la Legión Cóndor y de las operaciones secretas del franquismo. «Ochenta hombres, pilotos, mecánicos, soldados sin uniforme militar, dispuestos a participar en un puente aéreo de tropas sobre el estrecho que separaba el norte de África de Europa…», escribe Fidalgo.

Berlín 1936. Juegos Olímpicos, la apoteosis imperial de Hitler. El afroamericano -negro- Jesse Owens humilla la soberbia nazi y gana tres medalla de oro, mientras Hitler prepara la invasión de Polonia. En el aeropuerto de Tempelhof, los mecánicos e ingenieros ensayan y perfeccionan los bombarderos que sembrarán la muerte en toda Europa: puro I+D nazi. Pronto, los primeros Stukas se estrenarán asesinando en la guerra de España: un Hiroshima prematuro sobre los humildes pueblos del Alto Maestrazgo; Guernica, «una gamberrada», dicen con desprecio los oficiales nazis.

La historia es apasionante y dura, actual y necesaria, ahora que Franco se remueve en su tumba. Carlos Fidalgo ha encontrado el tono y las palabras exactas para contarla en Stuka, con su prosa «como el viento suave, como si no quisiera molestar»; pero vaya si incordia y remueve los posos la violencia soterrada en cada párrafo. La belleza de la violencia y de la muerte en Comala o en Benassal.

«Un hombre con la suficiente sensibilidad como para apreciar el efecto de la luz en la telaraña de agua que levanta el viento cuando barre la superficie de una fuente». «Un instante oscuro como el cielo de la boca de un muerto». No es un ensayo -no lo leo subrayando-; es una novela histórica, pero de vez en cuando no puedo evitar coger el lápiz y pintar una admiración: «Salieron a la calle como un borbotón de sangre en una herida reciente», «los restos del enorme teatro Wintergarten reposaban como los huesos de un dinosaurio, los aplausos enterrados entre las piedras»; la vista de Berlín bombardeada «con trenzas de humo negro anudadas al cielo por toda la ciudad»; y sonando sobre Luvina y Berlín «las diabólicas trompetas de Jericó instaladas en los Stukas para causar terror», mientras «Henschel, hundido en lo más profundo del río Dniéster, se dejó arrastrar por la corriente, como todos los muertos».

Quizás, después de todo, no haya sido casual que el Stuka de Carlos Fidalgo se haya posado en mi mesa sobre el desierto de Pedro Páramo: hay una pulsión compartida de muerte y de literatura -de gran y gozosa literatura- que late entre los dedos su verdad dolorosa, como un corazón arrancado, «cuando la muerte es una esperanza». Lo escribió Rulfo en 1953, pero bien pudo haberlo soñado Carlos Fidalgo el año en el que don Benito encendía la luz, tras «cuarenta años de oscuridad».
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