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Bajar a Mansilla de las Mulas

Bajar a Mansilla de las Mulas

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Grupo de escritores, libreras, artistas y gentes de buen gusto en la fiesta de la poesía en Escalada. Ampliar imagen Grupo de escritores, libreras, artistas y gentes de buen gusto en la fiesta de la poesía en Escalada.
| 14/01/2021 A A
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Bajar a Mansilla de las Mulas
Sociedad Por Félix Maraña
Sucedía que en las fechas de Navidad, los nuestros bajaban desde la montaña todos los años a Mansilla para repostar. Una reata de bueyes uncida a carros sobrecargados de urces componía aquella patrulla de comercio y ceremonia anual. Los nuestros vendían urces y leña de roble bajo, a cambio de harinas, semillas, piensos para el ganado y encomienda para seguir tirando. Las urces eran el oro de la montaña. Se las vendían a los panaderos, a los molineros y a los bares y cantinas y a dos o tres hacendados, que tampoco eran muchos. Nada más descargar, y entregados unos manojos de urce y algunos hatillos de leña en el cuartel de la guardia civil, se iban a la plaza mayor. Eran ofrendas que se hacían al poder armado, como quien ofrenda rosas del rosal a la virgen de la ermita. Con el tiempo, al conocer a Fer, nuestro humorista de guardia, supe que aquellas leñas de los míos calentaban su cuerpo y su imaginación en el cuartelillo.

Luego, los nuestros pasaban en grupo al mercado, a los soportales, a tratar con los tratantes de ganado, por si se terciaba comprar una pareja de cerdos de recría, que el dinero en los bolsillos pesaba mucho. Y era una compra festiva, porque Mansilla era una fiesta, de legumbres, queso, rosquillas, nueces, castañas y póngame también unas naranjas.
También algún oncejo, aperos de labranza, alfanjes y jabones y píldoras para las ovejas, que la droga es más vieja que la humanidad. Como viene Reyes, una pistola de pistones, de las de juguete, por si acaso, que los niños no digan que vamos con los manos vacías. Antes, almorzaban en la cantina o en la fonda, de caliente y cuchara.

Mansilla era la catedral entonces. Fue perdiendo casi todo, como sus murallas, aunque le queda un hórreo cultivado, un museo y buena gente, porque truchas ya ni en el Esla. Pero ante todo le queda una memoria. De la memoria se encargan gentes que son en sí patrimonio, como Toño Morala, a quien no conocí hasta junio de 2014, en San Miguel de Escalada, en un encuentro espiritual con poetas de carne y hueso, que organizaba Alfredo García. Compuse, y me emociona, la fotografía oficial de aquel encuentro, con Antonio Gamoneda, Morala, Eloísa Otero y Salvador Negro.

Mi maestro y amigo Julio Caro Baroja, en un curso que impartió sobre cultura y vida local en Bilbao, en los primeros setenta del siglo XX, abogaba por alentar el cultivo de la memoria, del patrimonio material e inmaterial de la cultura popular, sus usos, lenguaje, costumbres, oficios, manías, amores, trabajos, haciendas, ganados y pescados y pecados, árboles y peces, dentro de los escenarios donde todo discurrió. Y eso es lo que ha hecho Toño Morala entre nosotros hoy, alentar el conocimiento, difundir con verbo directo y con imágenes incontestables esa historia concreta, que explica lo local y lo universal a la vez, porque recrea y reconoce los valores de una comunidad en el tiempo. Si hubiera un Toño Morala en cada pueblo y comarca, con su empeño, entrega, pasión razonada y solidaridad con los suyos, la vida sería menos aburrida, más dinámica y gozosa. Quede mi reconocimiento y este abrazo para tarea tan noble, para hombre tan singular entre los nuestros. Quede así testigo de su testigo de la cultura popular.

Félix Maraña es periodista y escritor vasco de origen leonés.
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