En el reciente programa de Jordi Évole, un Aznar de serie B, provisto de una inquietante campechanía, mantuvo y no enmendó, atrincherado en ese ego que ha dado en caricatura: otro aniversario del 11M y otra oportunidad perdida, ahora en bandeja, para que rectifique o, al menos, pondere su error. Es ese señor que da lecciones de estadista universal allí donde le abran la chequera de par en par el que afirma no haber sabido lo que sucedía en el partido que presidía mientras se financiaba en negro, ni lo que sucedía en el mundo y en su país en el peor momento de su gobierno.
Aquella mentira tuvo su merecida recompensa de inmediato, pero el paso de los años ha convertido el monumental infundio interesado en antecesor y ejemplo de algunos comportamientos políticos actuales. Una generación aznarita 2.0 se refocila en la falsedad, el camelo o la mera insensatez para hacer política. Cierto es que los políticos mienten, pero solían hacerlo con sus previsiones o para salvar su carrera. Nunca antes un partido democrático había situado la mentira como modus operandi situándose tan lejos de un acontecimiento decisivo, de un hecho contrastable que todos los demás verificaban de manera opuesta. Que alguien como Ayuso haya llegado a la presidencia de la Comunidad de Madrid y pueda volver a lograrlo con ese estilo niñato, esa hemeroteca y esa manera de adulterar la realidad sugiere que Aznar solamente se precipitó. Unos diecisiete años.
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