Aquella Astorga quedó en mí como un cuento, aunque era realidad. Un relato de muchos curas y militares. Porque ser el coronel del regimiento de lanzacohetes desbordaba el cuartel de Santocildes para desdoblarse en un personaje determinante en la ciudad. Mientras tanto la Astorga de la gente común sobrevivía entre resignación y carcajadas bien disimuladas. Esa ciudad, sin embargo, ha ido desapareciendo, y muchos hemos tenido la fortuna de ver su gran cambio. No siempre reconocido. Astorga se hizo mucho más abierta y libre. Y tuvo dirigentes que la revolucionaron para bien, destacando los 22 años en los que fue su máximo edil el socialista Juan José Alonso Perandones. Astorga, en ese largo periodo, se ha dotado de jardines, de museos, de acogidas y encantos que ennoblecen su tesoro arquitectónico, muy superior al de más de quince capitales de provincia españolas. La urbe astur y jacobea ha ido desvelando poco a poco su gran legado romano, una tarea aún inacabada, y ha convertido el antañón burgo clerical en una urbe que sabe muy bien estar en el mundo actual, en forma y fondo. Y como una muestra más de ese esfuerzo que ya dura casi 40 años, y que abarca muchos otros logros, ahí está el nuevo empeño, tan conveniente, de la anunciada reforma de su Museo Romano, en esta ocasión promovida por los populares.
Astorga es un lugar extraordinario para pasar allí unos días, o unas horas. Yo creo que es una de las ciudades de España donde uno se encuentra mejor. Más enclavado en un entorno muy histórico y literario a un tiempo, cercano y bellamente severo a la par, al estilo maragato. Allí hay piedra y hondura, también talento para contarlo.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.