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Uno de los carteles políticos de actualidad. Ampliar imagen Uno de los carteles políticos de actualidad.
Valentín Carrera | 09/09/2019 A A
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Lo pequeño es hermoso Por Valentín Carrera
Les suplico que sean benevolentes con mi desconcierto: no entiendo nada de lo que está pasando. Inicio el curso literario-político-bloguero 2019/2020, en este lunes de la Encinina —pasada la Encina, el invierno encima—, con una frustrante mezcla de perplejidad y hastío, además de mucha indignación y cierta sensación de fracaso e impotencia.

Durante años ejercí de analista político sabelotodo en tertulias de radio y televisión. Hoy no sería capaz de hacerlo; cuando veo a los tertulianos actuales devanar la madeja y dar vueltas a la noria de agosto para no decir nada nuevo, es como si mi propio pasado me abofeteara.

Los medios de comunicación llevan tres meses repitiendo las mismas preguntas a los mismos pesadísimos portavoces y portavozas, que repiten cansinos las mismas letanías y argumentarios de partido, con una indigencia intelectual y ética digna de Trump, Boris Johnson y Salvini, las tres joyitas juntas. Lo peor ya no es el desgobierno, sino la desmovilización, la apatía y el hartazgo. El hartazgo de la política, algo muy, pero que muy de derechas, gracias a la egolatría y el cainismo de las izquierdas.

Solo hay un remedio hasta que haya fumata blanca en el Vaticano de la Moncloa: apagar la televisión —siempre nos quedarán Netflix y Filmin—. De paso, nos ahorraremos el nauseabundo espectáculo de los buitres carroñeros revoloteando sobre el cadáver de una famosa deportista, cuyo derecho a la intimidad (y, si así fuera, su derecho al suicidio) es fusilado cada mañana en el paredón de plasma. Lo dicho: luz de gas a la bazofia en televisión y en política, que hay miles de obras fantásticas que ver, leer, escuchar, contemplar, gozar, incluso pensar. Deberíamos ser mucho más exigentes y selectos: si comes basura, cagas basura; si consumes televisión o política tóxica, te intoxicas.

Menos mal que mis cuatro cuñados y cuñadas me han ayudado a resolver los problemas del país. Nadie sabe lo que va a pasar con el sarao de san Pedro y san Pablo, excepto mis cuñaos, expertos con ideas claras y con soluciones para todo. Quiero compartir con ustedes —soy así de rumboso— esa lucidez para que nos ilumine con su divino resplandor.

Nos reunimos este agosto reseco, como todos los veranos, con la crème de la crème, en el Náutico de Sanxenxo: Manolo y Milagros, que viven en Bilbao; Remedios, es de Murcia, pero soltera, hermana de una cuñada de mi hermano, yo creo que me pone ojitos; y López, que acaba de separarse de la hermana de mi cuñado, y le pone ojitos a Remedios.

Primera ronda de cañas: dos 1906, una Estrella y dos claras. Las 1906, sabor fuerte y más graduación, son para ellas, las dos concuñadas; las claras de limón para los maridos blanditos; para mí, la Estrella. Jarra fría, por favor, que estoy caliente. Digo, sediente… bueno, ya me entienden.

En cuanto se da la vuelta la camarera inmigrante, en bikini y con patines —no vean ustedes cómo está de cool Sanxenxo desde que el amigo de Rajoil, Gerardo Lorenzo, traspasó la terraza del Náutico—, en cuanto se da la vuelta el pibón, desenfunda Manolo, el de Bilbao:

—¡Me cago en tó lo que se menea, joder! ¡Qué gobierno de coalición ni que ospas en vinagre! Esto lo arreglo yo en un santiamén. “Tú, Pablito, pasa pacá, que vas a conquistar el cielo de un guantazo. O firmas de una puta vez o te corto la coleta con las tijeras de podar”.
—La coleta y los güevos, le cortaba yo —tercia Milagros, que es del Opus, pero algo malhablada—. A Pablo y a Pedro, a los dos, por comunistas, independentistas, separatistas y escaparatistas.
—¿Cómo escaparatistas? —pregunta Remedios, la soltera de Murcia, más simple que una zapatilla.
La solución de Manolo y Milagros convence a todos, hay consenso, de modo que me callo, no vaya a ser que me corten también a mí algo. Lo de la investidura: ¡Arreglao!

Segunda ronda de cañas, con sus pinchos de tortilla con huevina y unas aceitunas de la posguerra. Está la terraza de moda de Sanxenxo que se sale.
—Pues yo digo Sangenjo, que soy española y muy española.
Lo que eres es una pesada, Milagritos, le digo al cuello de mi camisa, al tiempo que le ofrezco las aceitunas del tiempo del Caudillo. Come, bonita, que están muy buenas. La opusina me devuelve la sonrisa forzada: soy el rojo de la familia, no me soporta, ni yo a ella. Estamos en paz.
—¿Y lo de Neymar, coño? ¡Es que no hay derecho! —interviene el otro blandito, López; desde que vive solo, nevera vacía y panza redonda.
—¿Neymar? —Remedios sonríe y se pone colorada de gusto solo de pensar “¡Qué bien pronuncia López el inglés!”.
—Eso también lo arreglaba yo con un par de guantazos —insiste el de Bilbao.
—¡Coño Manolo —me atrevo a protestar, en voz baja—, tú todo lo arreglas muy fácil! ¿Y el cambio climático también lo vas a arreglar a leches?
—Otra mentira de los comunistas separatistas escaparatistas —sentencia la opusina disimulando con la servilleta un eructito—. Cuando llegue Vox al Gobierno, ya verás qué pronto se acaba el cambio climático.

Con la tercera ronda de cañas arreglamos la violencia machista y el divorcio de Felipe y Letizia con zeta, que está al caer; con la cuarta ronda, Manolo y Remedios se apuntaron al Brexit salvaje y la de Murcia hundió el Open Arms; con la quinta, perfilamos el nuevo gobierno de España Suma, presidido por Pablo Casado, y nombramos a Albert Rivera Ministro con Aspiraciones.
—Eso si Rivera vuelve… —aventuro.
—Y si no vuelve, mejor, vicepresidente Abascal y ¡arreglao!
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