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Aromas de seducción

CULTURASIR

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Toño Morala | 20/11/2017 A A
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Aromas de seducción
Culturas Colonias y perfumes... los desodorantes ni existían, nos traen el aroma de los amaneceres de días especiales, de olores de infancia y celebración, de frascos que no hemos olvidado
No dejó de observar que el propósito del perfume era conseguir un efecto embriagador y atrayente y, reconocía la bondad de las diferentes esencias de las que estaban compuestos, pero en conjunto le parecían más bien toscos y pesados, chapuceros más que sutiles, y sabía que él podía inventar otras fragancias muy distintas si dispusiera de las mismas materias primas»; El Perfume, de Patrick Süskind. Hoy empezamos oliendo de maravilla; uno se ha duchado, afeitado, refrescado la cara con agua fría y clara… jamás he usado masaje para la cara… pero oler, huelo desde guaje a aquel jabón de lavar… el ‘Lagarto’ de toda la vida y, a aquel champú de huevo que venía en aquel rombo de plástico… menudo champú; menudos buenos olores naturales y solventes. Hay costumbres que desde niños, -en aquellos años- no se cogieron a tiempo, y una de ellas es el usar la colonia poco, tarde y casi nunca; lo importante era llenar el plato de comida, echar carbón a la económica y bañarse en aquel balde de zinc… y a por otro día. Pero no se puede exagerar, que también de niño, cuando había un algo especial; la primera comunión de algún primo, o la tuya, la confirmación, las fiestas de guardar… pues las abuelas y madres, siempre tenían un frasquín de colonia de agua de lavanda que olía de maravilla y que se compraba a granel en la tienda. Llevabas el frasco y te lo llenaba la tendera con aquel pequeño embudo hecho de hojalatero, cuando terminaba, ¡zas!, te remojaba el pelo y la cara con el sobrante, y ya ibas perfumado para unos cuantos días. A muchos les sonará todo esto; las niñas, era otra cosa – en aquellos tiempos-, ellas desde pequeñas ya veían poner los rulos a abuelas y madres, se encerraban en las habitaciones para arreglarse en plan mozas, y les gustaba más los perfumes y colonias. Ya más acá, por los años setenta y ochenta, las cosas fueron mejorando en las casas y, en muchas, estoy seguro que todavía andan rodando estuches llenos de masajes, colonias, perfumes… con aquellas marcas y olores tan variopintos, tan llenos de fragancias, de frescor; y seguro que algún abuelo, todavía tiene encima del armario, algún estuche de Varón Dandy… qué tiempos, qué nostalgias, es la memoria de los olores, de los recuerdos, de la adolescencia y los primeros escarceos amorosos… muchos recordarán el olor tan especial de aquellos amores de verano, que luego se quedaron en nada, pero eso sí, se recuerdan los olores a colonia y a aquellos perfumes que seducían tanto.

Cuando el hombre descubrió que a través del olfato era posible despertar emociones en las otras personas y en él mismo, fue cuando se inició la historia del perfume. Este gran arte de la elaboración de perfumes nació en Egipto, fue desarrollado por romanos y árabes y desde España se reintrodujo en Europa durante el Renacimiento. Fue en Francia, hacia el siglo XIV, donde se cultivaron flores para elaborar los perfumes. La utilización de esencias de origen sintético a partir de mediados del siglo XX supuso la universalización y socialización de los perfumes, al abaratar costes y hacerlos más accesibles a todos los públicos. Los primeros perfumes se realizaban con resinas olorosas, aceites para el rostro y el cuerpo. Cleopatra, para seducir a Marco Antonio, recurrió a una sabia mezcla de incienso, azafrán, canela, cinamomo, lirio y loto. Hasta las velas de su galera estaban impregnadas con dicha mezcla. Balkis, la reina de Saba, regaló tantos y tantos perfumes a Salomón que su pueblo y él quedaron embelesados hasta la eternidad. La historia, cuenta que Alejandro Magno era muy aficionado a utilizar perfumes, capaz de perfumar cualquier habitación con solo el aroma de su cuerpo. En la Edad Media se fabricaron ungüentos con sustancias aromáticas, musgo incluido. En los siglos XVIII y XIX se volvió al agua de flores.

Las Perfumerías Gal de Madrid encargaron en 1915 al arquitecto riojano Amós Salvador y Carreras el diseño de un nuevo edificio al que trasladarse, para así abandonar el de la cercana calle Ferraz, en el que trabajaban desde 1898 y que ya se les había quedado pequeño. «El conjunto de sus instalaciones comprendía los depósitos, los laboratorios, las oficinas, la vivienda del Gerente, el archivo y los talleres. Estos últimos dispuestos en naves adosadas con una altura de cuatro pisos que albergaban; en la planta primera, la frasquería, en la segunda y tercera con piso intermedio, los almacenes y salones de trabajo y, en la cuarta, se destinaba a las delicadas labores de la jabonería». En 1917 la fábrica funcionaba con una plantilla de 300 personas que fue progresivamente en aumento hasta llegar a duplicarse la cifra en los años previos a la Guerra Civil. La jornada de trabajo en la fábrica era de 8 horas según los requisitos legales, de nueve a una por la mañana y de tres a siete por la tarde. La mayoría de las 576 operarias registradas en la fábrica en 1934 cobraban un jornal de 3 pesetas diarias; en el caso de las aprendizas, ingresaban 2 pesetas, mientras que los jornales fijados para los varones eran más del doble en todas las categorías y edades, nada nuevo.

Y vamos con lo nuestro, con lo de la tierrina; siempre hubo mujeres y hombres a cargo de empresas con gran imaginación y trabajo. Fue allá por el año 1899 cuando tres primos hermanos de Villablino y Babia se marcharon a Madrid para emprender un negocio de perfumería. No se imaginaban entonces que la colonia ‘Álvarez Gómez’ se convertiría en un producto indispensable en la posguerra española y que llegaría a cumplir más de cien años. La colonia ‘Álvarez Gómez’, es todo un clásico que lleva más de un siglo perfumando esta España. Estas buenas gentes decidieron fundar la sociedad H. Álvarez Gómez S.A. de comercio detallista de perfumería en el centro de Madrid. Y se llevaron de Babia y Villablino, la inmensa y sabia naturaleza de la zona, y además eligieron un león como marca y sello de identidad. Los protagonistas de esta historia fueron Herminio Álvarez Gómez, Emilio Vuelta Gómez y Belarmino Gómez, tres primos que crearon el agua de colonia concentrada ‘Álvarez Gómez’ e hicieron de ella un producto fundamental en plena Guerra Civil. Álvarez Gómez comenzó entonces a crecer muy deprisa. En ese negocio de la calle Sevilla se llenaban los frascos que el cliente traía de su propia casa. Era la venta a granel de los años 40 y 50; desde entonces hasta ahora, este producto con corazón leonés ha seguido en la brecha. Su esencia, compuesta a base de limón de Levante, lavanda mediterránea, eucalipto, espliego, romero y bergamota, entre otros aceites esenciales, alcanzó el éxito y, de alguna manera, se ha quedado en la memoria del paso del tiempo. Llegó a convertirse en un producto de lujo asequible y abandonó la exclusiva de las estanterías de la casa para venderse en otras perfumerías con el paso de los años.

La fabricación de los perfumes en Castilla y León goza de muy buena salud debido al trabajo de un grupo de artesanos que confeccionan sus productos siguiendo estrictas normas de sostenibilidad y respeto por el medio ambiente. Son elaborados mediante aceites de origen vegetal y su refinamiento se hace empleando hierbas y plantas locales que, en ocasiones, son cultivadas por los propios artesanos, como por ejemplo, la lavanda o el romero. Perfume, fragancia, esencias, agua de colonia, notas de olor, fijadores de olor. Los cítricos, limón, naranja, mandarina, acompañados de manzana, construyen unas colonias y perfumes muy naturales. Acentos de clavo, de bergamota y de lavanda, son olores peculiares que le dan al perfume toda su personalidad. Toques de hojass de menta, canela, clavo y nuez moscada, forman parte de algunos de estos sutiles perfumes. Y llegan fechas para hacer regalos con estos perfumes y colonias... y dejen algo para el turrón y el pollo de corral, que también huelen de maravilla.
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