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Aquel tesoro escondido

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Portada del libro ilustrado por Juan Carlos Mestre. Ampliar imagen Portada del libro ilustrado por Juan Carlos Mestre.
Ruy Vega | 24/05/2020 A A
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Aquel tesoro escondido
Cartas a ninguna parte Dithyrambus: un libro de hace más de dos décadas que regala la visión del pasado a manos de artistas incombustibles
Hoy, papá, te traigo un tesoro. Un libro de coleccionista, un ejemplar único. Pero antes cerremos los ojos y pensemos en el pasado, en el camino recorrido, ese en el que hemos dejado huellas que otros recorrerán después.

A veces el presente no es más que las consecuencias de un tiempo, ya remoto (que no olvidado), en el que todo comenzó porque antes alguien había propuesto por dónde ir, pero el camino es una elección propia del que decide caminar. Y quizá usar ‘decide’ en este caso sea injusto, y lo más sincero, al menos si hablas con el corazón, sea ‘necesitó’. Porque muchos de los escritores que pueblan las estanterías de las librerías ya tuvieron de juventud el impulso de comenzar a plasmar letras y palabras en un papel en blanco, cada uno con un sueño distinto resurgido en sus propias noches de tormenta. ¿Hay algo más impresionante que un papel vacío?

Y de la magia de hace más de veinte años nació un ejemplar, el Dithyrambus, que llegó a mis manos, como no podía ser de otra manera, en una tarde de literatura y conversación.

Quizá fuera el destino, ese curioso manejo de los hilos por la mágica mente de un loco jugador del mundo, o puede que fuera la casualidad, que es la más certera de las circunstancias, no lo sé. Pero llegó, estoy seguro, empujado por el destino, el cruel y maravilloso destino.

Bajo el título, un lema, un texto, una advertencia o indicación: ‘Contrapunto de poesía, danza, piano e imagen’. Sonrío, ¿sonríes? Seguro que sí. Y bajo ella, un dibujo del puño de Juan Carlos Mestre en el que un unicornio parece sobreponerse a una luna que observa desde lo alto de un cielo estrellado. Bajo el mismo, una fecha, un lugar: Bembibre, tres de febrero de mil novecientos noventa y cuatro.
Lo leo, lo leí otra vez, me gustó, me fascinó. No podía dejarlo pasar sin escribirte sobre él.

Todo se envuelve como si fuera una preciosa melodía compuesta en el pasado para ser tocada en el futuro incierto, o como si fueran cuatro músicos de esta preciosa canción que te invitan a sumergirte en las aguas de la poesía virgen, impregnada de una juventud efervescente. Con sus talentos y sus caminos, tan cortos hasta entonces por una vida emergente, construyeron algo hermoso. Manuel Ángel Morales, Gregorio Esteban Lobato, Piluca Farto Alonso, Araceli Fernández. Cuatro nombres, cuatro estilos, cuatro maneras de ver la vida, pero una sola pasión: el arte.

Nos dice Manuel Ángel, en su poema ‘Tras la cena’, que «sentémonos a ver / sobre las tejas negras, / sobre el heno y la hierba, / las estrellas fugaces». Qué recuerdos, aquellos días de juventud tumbados sobre praderas infinitas, observando la noche estrellada, la inmensidad de un universo que sentía más cerca que nunca. Te destaco también versos que deja plasmados en ‘La nieve’, donde muestra belleza tras cada palabra, tras cada brisa: «La nieve ha venido a cubrirlo todo de algodones, / no ha dado oportunidad para desalojar el tiempo, / no ha habido demora en su fría sentencia, / lo ha empujado todo hacia la horca […] La nieve ha venido buscando cobijo / y ha encontrado su hogar entre mis labios». Me llega el último verso, la última afirmación, por bella, sincera y hermosa. «Ha encontrado su hogar entre mis labios». Qué mejor cobijo que unos labios, qué mejor hogar.

Son varios los poemas que navegan por la naturaleza de lo cotidiano, en donde Manuel nos permite ver, con sus ojos de juventud, un Bierzo verde de primavera, blanco de invierno, colorido por necesidad. Por eso en ‘Fuente venenosa’ nos abre la visión a sensaciones de libertad, diciendo que «Mira hacia la cuesta, / allí mana tranquilo / el arroyo de siempre / que viene de los montes, / de las altas praderas / donde corre entre luces, / de las altivas rocas / que dominan las águilas».
Estos textos, que fueron acompañados por danza y piano, debieron llegar a lo más profundo de aquellos que pudieron asistir. Qué pena no haber estado. Ojalá se repita.

Me detengo ahora, papá, en Gregorio Estaban Lobato, y en sus ‘Briznas’, que es como ha titulado su recopilación de poemas para este mágico encuentro con el pasado.

Al igual que Manuel, es un encuentro muy personal, cercano, a aquel Gregorio de hace más de dos décadas. Tan personal como se demuestra en ‘No le hagas daño a la paz’, en donde nos pide que «No. No le hagas daño / al aire que respiras / ni al agua que vas a beber. / No. No le hagas daño a la tierra / de la que provienes. / No. No le hagas daño / al niño que florece / no a la brizna más insignificante». Cuánta razón. Ahora puede que ya sea tarde para algunas cosas, pero también puede que un último impulso nos lleve a recuperar un camino perdido. Retomemos esta reflexión, hagámosla nuestra. Y sí, todo irá mejor.

Un poco después, justo en la página siguiente, una reflexión poética que suscribo. La encuentro en ‘Tango salomónico III’: «Las dudas que planteas / son las que corresponden / al ser humano / que quiere caminar deprisa / y resulta que tiene dislocados / los puntos cardinales». ¿Razón? Toda. La velocidad de la vida, esa que ahora parece haberse detenido para nosotros, pero para una naturaleza que sigue su curso constante, incansable, hacia un infinito que posiblemente no veamos. Esa velocidad que nos impedía detenernos a un lado de la realidad, pensar, coger el teléfono y llamar a la primera persona de la que te acuerdes. Esa obligación de llegar el primero y, si puede ser, el único. Y no, no es así. Perdón, no debería ser así.

Me detengo en un último poema que lanza versos al artista, y que me siento casi obligado a dejar aquí dibujado. Se trata de ‘Deseo manifiesto’ y dice que «Libertad al artista / que llevamos dentro. / Abatid las murallas / de las rutinas alienantes. / Con nuestras propias manos / construyamos un diálogo, / un paraíso».

Puede que todos llevemos un artista dentro, alguien que se plantea la vida desde otro punto de vista, que se haga preguntas, que busque respuestas en su interior, que escriba los secretos en hojas que lanza al viento sin importarle nada más que sentir. Puede que ese punto de vista, esa liberación, sea necesaria en algunos casos. Y el artista se despoje de innecesario lastre para empujar a la liberación de la persona, con la capacidad de empujarle hacia su propia realidad, aquella que es necesaria descubrir para chequearte a ti mismo con plasmada sinceridad, evaluarte, conocerte.

Creo, no tengo la más mínima duda, de que ahora habrás comprendido, entendido, que este no era un libro más, sino un ejemplar, como te decía, de coleccionista. De pequeño tamaño, encierra los comienzos de futuros escritores y artistas.

Me imagino cada uno de estos poemas, bañado con la danza de Piluca Farto y el piano de Araceli Fernández. Puedo cerrar los ojos y dejarme llevar hasta aquellos días, en los que no estuve, pero a los que me gustaría viajar al menos a lomos de estas páginas que he tenido la suerte de leer, de entender, de comprender, de reflexionar, de releer.

Dithyrambus: no te olvides, papá. Porque quizá, quién sabe, algún día volvamos a hablar de este libro, cara a cara, dándole mucho más sentido a aquello de que «no es inmortal el que nunca muere, sino el que nunca se olvida».
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