Los dos, Manuel y Antonio, tienen noventa espléndidos años, muy bien llevados y con la cabeza a pleno funcionamiento. Son ‘los resistentes’ de Ranedo de Curueño. Manuel ya nos contó su historia la pasada semana, su pasión por recordar, al margen de su oficio, cómo fue quien trajo los primeros aparatos de entretenimiento al valle: la gramola, el tocadiscos, el magnetófono, la máquina del cine, las primeras televisiones que también instaló y para las que buscaba cobertura «metiendo hasta 26 personas en casa para verla, andamiaos unos por encima de los otros».
Antonio no nos espera en la cocina, con la espalda cerca de la cocina prendida para que no le falte calor, al segundo resistente hay que ir a buscarlo al monte o las praderas cercanas. «Está a lo suyo», dice Manuel. Y ‘lo suyo’ es estar con las vacas de su hijo.- ¿No podéis quitarle de ir?- Díselo tu.Pues venga. Lo encontramos en medio de una pradera rodeado de arboleda, recogiendo hojas para que «respire el suelo», rodeado de las vacas.- ¿No tiene edad para dejar de andar ya con las vacas?Para mí salir todos los días al campo con el ganado es como el aire que respiro; quitar unas hojas con el rastro, ir a aquedar las vacas, mirar como está el campo... La mirada, de arriba abajo, lo dice todo. No haría falta que añadiera más pero el paisano también es buen conversador, se apoya en el rastro con el que recogía hojas y nos explica. «Edad sí tengo para dejarlo, y me sobra, que ya tengo 90 años pero ¿me dices tú que hago yo si no vengo con las vacas, como hice toda la vida?».- Pues ver la televisión como tú cuñado Manuel.- ¿La televisión? Estás tú bueno.Si el director general de RTVE o cualquier otra cadena ve el gesto y el tono con el que Antonio dijo eso de «¿la televisión?» igual dimiten y se van al monte a cuidar ganado. Después de un breve silencio el paisano completa la reflexión.- Te digo yo lo que hago si no puedo venir con las vacas: morirme.Cambiamos de tercio. Lo de las vacas parece que está muy claro, pero además de cuidar el ganado lleva un rastro y quita las hojas que han hecho una gruesa capa sobre la hierba. - ¿Son malas las hojas caídas para el campo?- Pues, como todo, tiene su cosa. No son malas, son abono, pero así tan cerradas sobre la hierba no la dejan respirar y la matan.
Al fin se detiene y hablamos. Nos mira extrañado de que nos interese lo que hace. Si el director general de RTVE dimite al escucharle el dueño de Coronel Tapioca lo haría al verlo, Antonio sí va al monte y al campo como fueron los paisanos «toda la vida de dios». Gorra con orejeras, chubasqueros de los que no encuentras en El Corte Inglés, cinto de hebilla grande y botas altas para el agua y la humedad, de las de siempre. El paraguas colgado a la espalda si amenaza lluvia… y con las vacas. «Como los pastores de verdad», sonríe.Y es que el oficio de pastor lo conoce Antonio desde que nació pues su padre ya era el pastor de la vecera del pueblo y desde niño para Antonio era «como un regalo» acompañar a su padre. «La vecera lleva ganado de todo el pueblo, cada uno echaba un número de ovejas y según las que mande al rebaño tenía que ir con la vecera un número de días, acompañando a mi padre, que era el pastor que iba siempre».
Por ello siempre hubo en casa de Antonio, de nombre completo Antonio Díez Robles, ganado. «Siempre tuvimos ganado» pero era muy habitual en las décadas centrales del pasado siglo completar la economía familiar con otros oficios, siendo la mina uno de los más habituales, y a ella se fue también Antonio: «No fueron pocos años, ni mucho menos, 23 años trabajé en las minas, aunque a la hora de la verdad no en todas habían cotizado por mí, que eso pasaba mucho entonces». Y recuerda algunas de las minas en las que trabajó. Como su cuñado Manuel estuvo en algunas de las del recordado médico Ricardo Tascón, también las famosas minas de Veneros, que tuvieron poblado propio, estuvo en Aviados… «Pero a mí lo que me gustaba era la ganadería».
Y a la ganadería regresó y en ella sigue, ahora no es por necesidad económica sino por necesidad vital. Para Antonio es «como el aire que respiro» salir cada día con las 50 vacas que tiene su hijo Marcos, y no le gusta regresar a casa más que a la hora de comer o para recogerlas ya en la tarde. Antonio va y viene, con la ayuda de los perros las encamina. En el horizonte su hijo Marcos sonríe: «Cualquiera le quita el gusanillo de las vacas».
Y su estado físico se lo permite, tanto que algunas veces se acerca a verlas montado en su moto. Imposible «echarle 90 años».
- Pues los tengo, te lo digo yo.