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Anclados al pasado para vivir el presente

Anclados al pasado para vivir el presente

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Luis Boya realiza un corte de pelo en la peluquería de caballeros Boya, ubicada en la calle del Reloj de Ponferrada, frente al Museo del Bierzo. | L.N.C. Ampliar imagen Luis Boya realiza un corte de pelo en la peluquería de caballeros Boya, ubicada en la calle del Reloj de Ponferrada, frente al Museo del Bierzo. | L.N.C.
D. Aldonza | 10/04/2016 A A
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Anclados al pasado para vivir el presente
Comercio Negocios centenarios como la peluquería Boya, Casa Brindis, Droguerías Prieto o Tejidos Federico tiran del comercio en Ponferrada a pesar de la competencia de las grandes firmas
Cuando Brindis Álvarez salió de su casa en La Cabrera para cumplir el Servicio Militar no sabía que antes de volver iba a estallar una guerra entre vecinos ni que unas medias de seda cambiarían su destino y el de su familia. Corría el año 1939 cuando el joven combatiente, en el camino de regreso al Bierzo, pasó por Zaragoza y decidió comprar un par de medias en unos almacenes con la intención de regalárselas a la mujer que había dejado antes de partir. Sin embargo, la escasez que había por aquel entonces le dio la idea: mejor vender las medias.

«Aquí había falta de todo, así que volvió otra vez a Zaragoza, compró más medias y montó esta tienda en el año 39», explica Julio Álvarez, hijo de Brindis Álvarez, y encargado de la mercería Casa Brindis de Ponferrada. Julio empezó a despachar en la primera mitad de los 70 junto a su padre cuando la avenida La Puebla, la conocida como ‘Milla de Oro’ de la capital berciana, estaba en pleno apogeo.

«Entonces estábamos los dos detrás del mostrador y otras cuatro o cinco empleadas. Los días de mercado no se cabía e incluso no cerrábamos a la hora de comer», recuerda. Los tiempos han cambiado pero al cruzar la puerta es fácil hacerse una idea de lo que fue.

Las estanterías de madera maciza llegan hasta el techo. A la derecha, se apilan las cajas de botones de todas las formas, tamaños y colores; al frente, los hilos dibujan un arcoíris de matices y a la izquierda, junto al mostrador que sostiene la inmensa caja registradora de hierro y madera que compró Brindis -«ya de tercera mano»- cuando abrió el negocio , está la vitrina con unas largas piernas femeninas de maniquí en lo alto y unos lazos y unas muñecas vestidas de flamencas en su interior.

Todo está como siempre y ese es su punto fuerte. Junto a Casa Brindis hay otros negocios con solera en Ponferrada que sobreviven en el presente pero anclados al pasado. La peluquería de caballeros Boya, la Relojería Gavaldón, la Droguería Prieto, Casa Federico, el bar El Tomelloso o Ciclos Marqués son algunos de los ejemplos de cómo un negocio es mucho más que un local y el comercio que una operación de compraventa. Todos ellos son historias; memorias de familias pero también de la propia ciudad.

Peluqueros y psicólogos

Historias como las que escucha cada día el barbero Luis Boya, que lleva cortando el pelo y arreglando las barbas de los ponferradinos en la calle del Reloj -frente al Museo del Bierzo- desde 1952 cuando empezó con doce años a ayudar a su padre, de quien después heredó el negocio que ahora continúa su hijo, el tercer Luis Boya.

«Aquí se habla de fútbol, de música, de política y también de los problemas de cada uno, por supuesto», reconoce Luis Boya. Y es que si antes casi nadie podía permitirse ir al psicólogo, los peluqueros bien sabían escuchar y a su manera hacer la labor.

De cantar los goles de José Eulate a llorar la marcha de Yuri de la Ponferradina o lamentar la última derrota frente al Mirandés, han pasado ya miles de cabezas por las manos de esta saga de peluqueros ponferradinos. Si bien en el deporte las modas en los cortes de pelo están a la orden del día, la estética de la gente de a pie también ha variado desde que el primer Luis Boya colgó el cartel de ‘abierto’ en 1929.

«Antes se hacían más afeitados y ahora casi nadie viene a afeitarse aunque últimamente están viniendo otra vez a arreglarse la barba, parece que vuelve a estar de moda», confiesa Boya, que explica que los mayores avances están ligados a las herramientas: «Antiguamente se hacía todo a tijera o con utensilios manuales, ahora es todo eléctrico».

El anecdotario de casi noventa de años de historia es largo, pero hay que remontarse unos cuantos años hasta encontrar uno de los datos más curiosos. Cuando el actual Museo del Bierzo aún era utilizado como cárcel, la familia Boya se encargaba del servicio de peluquería de la prisión. Luis Boya recuerda cómo cuando empezó a colaborar en la peluquería en los años 50 se encargaba junto a su padre de cortar el pelo a los presos. «Los que tenían peculio pagaban el corte y podían exigir, eso sí dentro de las condiciones de la cárcel, pero además había un servicio de peluquería gratis y a los usuarios de este se les rapaba al cero para sanearlos o por rebeldes», cuenta.


Tras el afeitado, Varón Dandy


Y para después del afeitado, Varón Dandy. La mítica fragancia de caballero, muy popular en España entre los años 50 y 80, aún puede comprarse por litros en la Droguería Prieto, frente al Mercado de Abastos de Ponferrada. Su actual propietario, Gonzalo Cabezas Prieto, es la tercera generación de drogueros desde que su abuelo abrió la primera tienda en la actual avenida de España en el año 1914.

El negocio centenario se trasladó al local de la desaparecida Droguería Arias en 1997, desde entonces ya sin competencia en la capital berciana. «Ahora la gente cuando abre un negocio quiere que venga todo instalado, pero una droguería es sucia», sostiene Gonzalo Cabezas como lo que, a su juicio, es una de las causas de la paulatina desaparición de este tipo de negocios.

Pese a que Cabezas dice que las ventas ya no son lo que eran, en Prieto se sigue haciendo cola y pregunta quién es el siguiente. Y es que algunos productos no se encuentran en otras tiendas. «Vendemos desde el clásico orinal de porcelana a las lamparillas de aceite o mariposas», apunta el droguero, que explica que los productos estrella son los de temporada: semillas, fitosanitarios y también productos químicos.

El comerciante advierte además de los riesgos de Internet para los pequeños negocios. «Se compra de todo por Internet pero con muy pocas garantías y lo peor es que la gente da por buena cualquier cosa que lee en la red y después no se fía del profesional de toda la vida», lamenta.


Con cuerda para rato


Hortensia Álvarez, de Relojería Gavaldón, comparte la opinión acerca de los efectos de Internet para el comercio local. Su suegro, Luis Gavaldón abrió la relojería en la calle del Rañadero en 1969 y, desde entonces, los encargos han caído en picado. «En parte, porque se compran por Internet relojes chinos que nadie sabe arreglar», dice. La relojería se dedica fundamentalmente a la reparación y reconoce que las casas «ya no hacen relojes como los de antes».

Álvarez explica cómo ha caído la calidad desde los relojes automáticos de Orien o Certina o de los Omega de cuerda que se hacían hace décadas a las actuales marcas líderes como Lotus o Viceroy, que venden en su mayoría relojes de pila. «Venden por la publicidad con caras conocidas como la de Fernando Alonso pero, en realidad, tienen la misma máquina que, por ejemplo, Justina que es una casa menos conocida que fabrica en Dueñas, en Palencia, y que es mucho más barata», apunta.

Reparan una media de 30 relojes a la semana -el 90% de pulsera- de particulares y de otras tiendas de la zona e incluso del Barco de Valdeorras. Entre ellos, alguna joya como un Moret de pared de los años 20 que está valorado en alrededor de 1.500 euros.


El ajuar, en Casa Federico


Otro de los comercios clásicos de Ponferrada es Tejidos Federico, en la calle del Cristo. Desde el año 1933 la familia López Brea ha vestido las camas de miles de ponferradinos. Carmen Aguado, que ayuda en la tienda a su hermano Marcos Aguado, sostiene que el secreto de seguir abierto durante tantos años es el trato al público. «Un negocio familiar aporta cariño, algo que quizás en una gran superficie no hay», destaca.

Si ahora los ‘nórdicos’ han conseguido desplazar al edredón de toda la vida, Aguado insiste en que llamen como se llamen, «la ropa de cama se compra». «Antes se hacía el ajuar y se pedía por pieza para bordar, ahora lo prefieren todo hecho, pero sea como sea la gente lo sigue necesitando», apostilla.

Con membrete centenario o apenas unos meses abiertos, lo cierto es que el emprendimiento en Ponferrada es una virtud que hay que proteger. La cuestión es, ¿estarán los consumidores a la altura?
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