Las entrañas de la montaña existente en el pueblo de Valporquero de Torío, en la provincia de León, a 1.309 metros de altitud, albergan en su interior una auténtica joya subterránea moldeada por la naturaleza durante más de un millón de años y compuesta por más de tres kilómetros y medio de estalactitas, estalagmitas, coladas y columnas de diferentes brillos y colores.
Se trata de la cueva de Valporquero, un paraje cuya primera exploración -o al menos la primera registrada- se produjo en 1925, con los relatos Isidoro González, hijo del maestro de Valporquero, en los que recoge tanto su interés como el de sus compañeros por conocer la cueva en profundidad y descubrir sus secretos.
No obstante, tras décadas de exploraciones por diferentes grupos e incluso haber sido refugio para los habitantes de la zona durante los bombardeos de la Guerra Civil, no fue hasta el año 1966 cuando se abrió al público la inmensa boca que da paso al interior de la montaña. Esta apertura se hizo de la mano de la Diputación de León, que llevó a cabo el acondicionamiento e iluminación del espacio y que hoy, 60 años después, sigue al frente de su gestión.
El diputado de Turismo de la institución provincial y alcalde de Vegacervera -municipio al que pertenece Valporquero-, Octavio González, revisa sus recuerdos de la infancia para recordar una provincia de León que “era básicamente industrial con minería, minería y más minería”, por lo que la apertura de al cueva permitió tanto a la zona como a todo el territorio “poder ver esa arista turística que a día de hoy tanto se remarca”.
“Mientras en toda España ya florecía el turismo y la parte de moneda extranjera que llegaba al país era por el turismo, la cueva de Valporquero, junto con las Hoces de Vegacervera, ya despuntaba el tirón turístico”, cuenta el diputado, cuya abuela tenía una tienda pequeña en el medio del pueblo, en la que entraban escaladores, “a los que ella llamaba los mochileros”, que acudían a la cueva. “Fue cuando la empezó a gestionar la Diputación cuando se regularizó y empezó a aparecer la figura de los guías de la cueva, que hasta dormían aquí y eran como del pueblo”, añade.
Esa gestión por parte de la institución provincial supuso “el inicio de una actividad turística” y de “una transformación” de la misma, ya que “empezó a visitarla gente de todos los puntos de España” y a llegar a la zona “autobuses y autobuses de visitantes”.
Además, en aquel momento, “la comarca estaba mucho mejor de servicios que hoy, con bares y restaurantes familiares repartidos por toda la zona”, a la que la cueva permitió “vivir una transformación del municipio, que era minero, para poder ver un futuro en el turismo”, de la mano de “un tejido empresarial de fábricas de productos agroalimentarios y una serie de servicios de restauración” que hicieron que “el ámbito de influencia de la cueva fuera mucho más allá del municipio” y posibilitó que “las cuencas de los ríos Curueño, Bermejo y Torío empezaran a tener una gran actividad”.
Poco a poco, según relata Octavio González, la Diputación de León “fue ampliando la época de apertura de la cueva”, que hoy abre de marzo a diciembre, pero que “seguramente acabará por abrirse todo el año”, y aquello supuso “la mayor transformación de la comarca”, que “se adaptó y empezó a tener mayor actividad turística que de cualquier otra cosa”, de forma que la cueva de Valporquero “supuso un gran revulsivo” para el lugar en el que se ubica, pero “también tuvo, y tiene, muchísima influencia en toda la provincia”.
“La cueva de Valporquero, declarada hace dos años como ‘Global Geosite’ por ser un lugar de interés geológico de relevancia mundial y que se trata de una de las cuevas turísticas más grandes del mundo, era algo que teníamos ahí pero que no sabíamos ver, porque dábamos por hecho que siempre había estado y siempre estaría, pero entendimos que es la cueva, junto a nuestra peculiar gastronomía, lo que marca la singularidad de nuestro territorio y lo que hace que la gente tenga interés por venir”, reconoce del Diputado.
Un kilómetro y medio visitable
El actual director en funciones de la cueva, Amabilio Robles, explica que la cueva de Valporquero, que actualmente es la sede de la Asociación de Cuevas Turísticas Españolas, se trata de “una instalación turística muy natural que hace 60 años que habilitó la Diputación de León”, con una longitud de “unos tres kilómetros y medio aproximadamente, de los que uno y medio son visitables, aunque hay otro trozo que no es turístico como tal y donde se practica turismo activo o espeleología”.
“Yo he visto muchas cuevas en el mundo y la de Valporquero es una cueva relativamente amplia, con mucho tamaño, salas de hasta 40 metros de altura y volúmenes realmente grandes y, además, tiene río que todavía está activo, lo que hace que sea un poco diferente a lo habitual”, señala Robles.
Dentro de ella existen un total de siete salas habilitadas al público -Pequeñas maravillas, Gran Rotonda, Hadas, Cementerio Estalactítico, Gran Vía, Columna Solitaria y Maravillas-, en las que se pueden contemplar formaciones geológicas, como estalagmitas, estalagmitas, columnas e incluso lagos en invierno o primavera, ya que “hay un curso activo de un río que entra por la boca de cueva y la atraviesa, dejando cascadas, mucho sonido y mucho ambiente de agua”.
La cueva de Valporquero ha recibido 3,5 millones de visitantes desde su apertura al público el 30 de julio de 1966, con una media superior a los 60.000 anuales -61.312 durante la temporada pasada-, que presentan “un perfil muy variado” en función de la época del año. Así, durante la primavera y el otoño, el paraje recibe “sobre todo gente sin hijos y extranjeros”, entre los que destacan los procedentes de Portugal, Francia, Holanda, Alemania e Inglaterra “más que de otros continentes”. Es en verano, cuando se producen las vacaciones escolares, cuando el perfil varía a “familias con niños” que, en el caso de ser españolas, proceden mayoritariamente de Castilla y León, Asturias, Galicia, Cantabria y Madrid.
Estos visitantes tienen tres opciones para recorrer la cueva. La primera de ellas es la visita “más habitual y que más veces se hace”, que permite recorrer las primeras cinco salas durante unos 60 minutos todos los días que abre al público la cueva. La oferta también cuenta con un recorrido largo a las siete salas, de una duración aproximada de 90 minutos, que se realiza todos los días de apertura al público de 12 y 15.30 horas en marzo, abril, octubre, noviembre y diciembre y a las 11.30, 13 y 16.30 horas los meses de mayo a septiembre.
Finalmente, existe ‘Valporquero insólito’, que se desarrolla los jueves, sábados y domingo a las 9.20 horas en grupos reducidos de doce personas. Consta de un recorrido de ida con la cueva apagada para volver con ella encendida y permite acceder a zonas como el acceso al curso de aguas, contemplar la sala Pequeñas Maravillas y bajar a un pequeño lago. A todas ellas se suma una parte de turismo activo, gestionada por hasta ocho empresas externas.
Nuevos hallazgos
El hecho de que la cueva de Valporquero esté atravesada por un rio que todavía está activo hace que sea “una cueva viva en constante evolución”, a lo que se une la existencia de “intrépidos espeleólogos, como Pedro González y Tania García, que se atreven a explorar, bucear y meter la cabeza donde nadie antes la metió”.
Fue precisamente el atrevimiento de ambos espeleólogos lo que les permitió hallar en los años 2024 y 2025 nuevas galerías nunca antes contempladas en la cueva de Valporquero, que denominaron ‘La sala de los lirones’, ‘Galería de sobreperlas’ y ‘Galería del centenario’.
La primera de ellas, que se encuentra a 23 metros bajo la superficie, abarca unos 1.000 metros cuadrados, con unos 50 metros de alto, 20 de ancho y hasta 15 de altura y está ocupada por un gran caos de bloques que asciende hacia el este, hasta quedar cerrada por coladas en contacto con el techo. Durante su exploración aparecieron restos de dos lirones grises que le dieron nombre y podrían indicar cercanía al exterior, pero fue la radiolocalización la que permitió situarla desde la superficie y comprobar que su extremo final coincide con un gran hundimiento oculto en el hayedo, junto a la vueva del Arbolario.
A unos 40 metros sobre el nivel del río se encuentra la ‘Galería de sobreperlas’, que en su origen fue un conducto por el que el agua circulaba llenando todo el espacio, de forma que la erosión actuó en todas direcciones y modeló secciones redondeadas, con paredes marcadas por pequeños huecos llamados golpes de gubia. A medida que avanza, la galería gana tamaño hasta llegar a un gran pozo central, que conecta con la Sala de Perlas y corresponde a la chimenea por la que cae agua desde su techo. Más adelante, la galería supera los diez metros de altura y el suelo aparece cubierto de pequeños charcos con cristales calcáreos en el fondo.
Por su parte, la ‘Galería del centenario’ se abre en la pared este de la Sala Perialba, a unos 50 metros de altura sobre el arroyo que hoy recorre la cavidad, y avanza hacia el este, con una abundante decoración de estalactitas, estalagmitas, columnas y coladas. Tras unos 50 metros se bifurca y uno de los ramales continúa hasta cerrarse en una colada, mientras que el otro se ensancha hasta formar una pequeña sala de unos diez metros con numerosas estalactitas y estalagmitas. En la parte alta, un paso estrecho entre estalactitas conduce a una pequeña cámara cerrada por coladas en la que se encontraron restos de al menos cinco lirones, murciélagos y un hueso de mayor tamaño, posiblemente de ave, lo que sugiere una antigua comunicación cercana con el exterior.
Tres nuevos hallazgos “muy espectaculares y singulares” que, sin embargo, son “inaccesibles”, de forma que “será muy complicado que nunca se den a conocer al público”, al situarse en zonas que requieren de “conocimientos técnicos elevados”, además de ser “muy peligrosas”. “No hablamos de cualquier juego, por lo que hay que dejarlo para la parte más especializada, más técnica y más profesional”, concluye el diputado de Turismo.
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