El fin de semana pasado el fútbol base leonés fue protagonista por una bochornosa trifulca entre padres que acabaron a tortas en el campo del Puente Castro, justo antes del partido de categoría prebenjamín Atlético Puente Castro y el visitante CD Onzonilla. Este tipo de episodios, ocasionales pero continuados, se repiten cada cierto tiempo por toda la geografía española, y nos ponen delante un problema que no se termina de atajar.
Existe una ridícula falta de concordancia entre las edades de los jugadores (los prebenjamines tienen entre 6 y 7 años) y el ambiente que a veces se genera en estos partidos donde son más que habituales los gritos, los insultos a los árbitros (que también son chavales) y por supuesto los padres con complejo de entrenador que vociferan instrucciones a sus hijos al más puro estilo de Jose Antonio Camacho.
Estos campos donde juegan niños, y donde a priori debería reinar el buen rollo, el compañerismo y la deportividad por encima de todo, son testigos muchas veces de estallidos de violencia totalmente desproporcionados que, ojo, siempre provienen de la grada, de los padres y los familiares (hasta en el 80% de los casos) como denuncia repetidamente el Sindicato de Árbitros.
Y es que no quería recurrir al topicazo de que «esto antes no pasaba», pero joder, ¡es que esto antes no pasaba! Yo practiqué baloncesto en el colegio durante un par de años de mi tierna EGB, y ni mis padres, ni los de nadie, vinieron jamás a vernos jugar, era una cosa nuestra, con la entrenadora y las compañeras. Ahora, es que nos falta pedirnos un día de asuntos propios en el trabajo para ir a verles a un partido amistoso. Así de radical ha cambiado la película.
Estamos además completamente contaminados por el fútbol que vemos en la tele los fines de semana. Ese fútbol competitivo, a veces bronco, donde futbolistas de élite se juegan el sueldo, la imagen y el reconocimiento, donde se busca la victoria por encima de todo. El «fútbol espectáculo», la industria pura y dura.
Atiendan: lo que hacen nuestros hijos es fútbol formativo, donde aprenden, se forman y juegan para sentirse bien. Son edades complejas, donde están construyendo su personalidad, fortaleciendo su autoestima y buscando su sitio en el grupo, y todo eso debemos tenerlo en cuenta. Háganme el favor de poner los pies en la tierra, que la criatura no les va a hacer millonarios. Que ya van ellos bastante «sobrados» buscando hacer el caño soñado y la filigrana imposible, además de copiar la típica celebración de futbolista famoso, y el grito de Cristiano Ronaldo, qué les voy a contar.
Huyendo de toda esta historia, mi marido y yo pasamos años intentando esquivar el tema del fútbol, el equipo, los entrenamientos y las competiciones. Apuntamos a Dimas a tenis, a capoeira, natación… Hasta el curso pasado, cuando definitivamente perdimos la batalla y entramos de lleno, y a través del colegio, en las EDM (Escuelas Deportivas Municipales) y el fútbol intercolegial de los viernes por la tarde. Y menuda suerte hemos tenido. Con el equipo, con los padres y madres (esas madres «animadoras» que tantas risas me han hecho pasar), y por supuesto con José Ángel R. Ajenjo, el entrenador, que sin duda entiende que también se puede educar en valores a través del fútbol, la cooperación, el esfuerzo, la constancia. Con cariño, pero sin gilipolleces, sin caprichos, siempre con respeto por el rival y por sus propios compañeros. Que no es poca cosa.
Recuerden que somos ejemplo, tu hijo no hace lo que le dices, hace lo que te ve hacer. Y nuestra responsabilidad es enorme.
Sofía Morán de Paz (@SofiaMdePaz) es licenciada en Psicología Clínica y madre en apuros.