En mayo del 2022 el Ministerio de Sanidad creó el 024, una línea específica de atención a la conducta suicida. Fue muy significativo que ya en el día de su estreno se recibieran 1.000 llamadas en 24 horas. Pero es que sólo el año pasado se atendieron un total de 204.449 consultas. Casi nada.
Una realidad completamente invisible para quien no la tiene cerca. Y es que hay cosas que nos parecen totalmente imposibles, lejanas, ajenas. Ese tipo de cosas que siempre les pasan a otros. Ya, sí. Pero lo cierto es que, en España, cada año, se quitan la vida alrededor de 4.000 personas. Son 11 al día, lo que lo convierte en la primera causa de muerte no natural en nuestro país, también entre los jóvenes de 15 a 29 años. De hecho, mueren más jóvenes por suicidio que por cáncer o accidentes de tráfico. Son datos escandalosos que deberían volarnos la cabeza, a pesar incluso de la anestesia general con la que vivimos a diario.
Se supone que septiembre es el mes de la prevención del suicidio, pero qué quieren que les diga, no sé qué vamos a prevenir si esta es una realidad de la que no sabemos nada, de la que nunca se habla. No se organizan carreras para recaudar fondos. No hay grandes campañas, ni debates ni noticias. 4.000 muertes al año escondidas debajo de la alfombra, que nadie se entere, que nadie las vea, no vaya a ser que nos demos cuenta de que el estado de bienestar, en realidad no lo era tanto.
La semana pasada revisaba la lista de las actividades extraescolares del colegio, esas con las que solemos atosigar a nuestros hijos durante el curso, ya saben, para que sepan más y se formen mejor. Que ahora todo nos parece poco. Y entre el fútbol sala, el patinaje o el ajedrez, me gustó encontrar un taller sobre las emociones. Ahí, tímido, en un rincón, casi pidiendo perdón y permiso a la vez, cuando debería de ser una prioridad. Pero una grande, con mayúsculas.
Sólo hay que echar un vistazo al mundo para darnos cuenta de la importancia de incorporar la educación emocional en los currículos de todos los niveles educativos, con el fin de que los niños y las niñas, los adolescentes, tengan herramientas suficientes para gestionar sus emociones, para resolver conflictos, trabajar la tolerancia a la frustración, afrontar las dificultades en las relaciones con los amigos o la familia. Hablar con ellos sobre los procesos de la ansiedad, sobre la tristeza y el sufrimiento. Cosas que deberían estar en el centro de todo, además de la lengua, las mates y el inglés. Porque todo eso también es prevención.
Con mi hijo Dimas, que está a punto de cumplir los 11 años, transito por una enérgica preadolescencia que empieza a invadirlo todo. Mi hijo mayor es experto en conversaciones incómodas y preguntas difíciles, de esas que te hacen sudar. Mientras yo me esfuerzo por ser honesta y clara, y contarle las cosas tal y como son. ¡Pero joder lo que cuesta!
Explicaba Jose Antonio Carrasco, jefe de servicio del Hospital Clínico San Carlos de Madrid en una entrevista, que los índices de intento de suicidio en jóvenes se han disparado un 800% en los últimos cinco años, y hay que darle visibilidad a esto. Aún más, cuando muchos profesionales nos alertan de que los jóvenes recurren cada vez más a herramientas como ‘ChatGPT’ en busca de apoyo emocional. Probablemente mientras nosotros estamos en la habitación de al lado. Así que sí, definitivamente tenemos que aprender a tener conversaciones incómodas, porque tenemos que cambiar las cosas.
Y es que en muchos casos el suicidio se puede prevenir, pero hay que dejar de ocultar el problema, sacudirle la vergüenza y la culpa. Apartar el estigma. Debemos hablar. Hablar salva vidas, apacigua los miedos y aclara las dudas. Hablar abre la puerta a pedir ayuda, a buscar soluciones.
Evidentemente también se necesita una financiación a la altura del problema, programas de entrenamiento que permitan identificar y gestionar conductas de riesgo desde la atención primaria. O algo tan básico como no estar esperando 13 meses por una consulta en salud mental… y aquí, un largo etcétera, pero eso ya lo dejo para otro artículo.
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