Saber que había cumplido 106 años es evidente que alivia su ausencia. Haber hablado con él y comprobar su lucidez, su sabiduría de hombre bueno y lector empedernido ayuda a creer que cumplió una vida plena y dedicada a lo que más le gustaba, la enfermería, que ejerció durante décadas en Hulleras de Sabero con los nombres de Don Ángel y El practicante.
Sin embargo, el alivio de lo señalado no impide la tristeza por el adiós de ‘don Ángel’, como todos le llamaban en el Valle y el alivio añadido de que hubiera podido vivir aquella entrañable tarde en la que tantos vecinos y colectivos le pudieron mostrar los frutos del cariño que había sembrado, al cumplir sus cien lúcidos años de vida. «Fue muy emotivo porque era, además, una sorpresa de la que no había imaginado nada», reconocía después del acto este ‘practicante’ que, explicaba, «solo he tratado de hacer mi trabajo lo mejor que he podido y he sabido», que debió ser mucho a tenor de las palabras que se pronunciaron en aquel acto y los recuerdos que despertó en muchos de los que subieron al escenario y recordaban que nunca tenía prisa por irse de al lado de los enfermos.
Don Ángel había nacido en un pueblo de esta montaña oriental, Taranilla, y desarrolló su trabajo en la que seguramente fue la empresa más importante de la comarca: Hulleras de Sabero. También se habló mucho aquella tarde de su generosidad, que él no le quitaba importancia, simplemente la explicaba: «Muchas veces me llamaban para una cura o lo que fuera y estando en la casa, hablando con aquellas familias, conocías situaciones muy duras, eran malos tiempos, y aunque en casa también hacía falta el dinero, ¿cómo les ibas a cobrar si lo necesitaban ellos? Nunca cobré más de la cuarta parte de lo que estipulaba el Colegio de Enfermería, pero muchas veces no cobraba nada».
Tal vez así se entienda la tristeza que sembró el adiós de un hombre bueno.