Villamoratiel de las Matas cuenta desde hace unos días con una nueva seña de identidad. El muro de hormigón que sostiene el Mirador del Cubo luce ya un gran mural de más de 82 metros cuadrados, pintado con spray por el artista urbano Manuel García Juan, natural de Villadangos del Páramo, que dio por finalizada la obra el pasado 25 de septiembre tras varias semanas de trabajo que arrancaron en pleno mes de agosto.
La intervención, impulsada por el Ayuntamiento de Villamoratiel de las Matas para embellecer uno de los espacios más visibles del casco urbano, se ha dedicado al pan y el vino y a los dos cultivos que los hacen posibles, el cereal y el viñedo. Un binomio que, según recoge la memoria del proyecto, constituye uno de los ejes iconográficos más ricos de la historia del arte en España y en Europa, y que fue durante siglos el pilar de la agricultura y de la alimentación de los antepasados de los vecinos del municipio.
Un artista con proyección internacional
La elección del autor no es casual. Manuel García Juan se ha consolidado en los últimos años como uno de los nombres propios del arte urbano leonés, con una trayectoria prolífica y un estilo marcado por el realismo que imprime a muchas de sus obras. Su trabajo ha traspasado fronteras: en 2023, la plataforma Street Art Cities lo nominó al mejor mural del mundo con ‘Chollo’, un jilguero, y un año después, en octubre de 2024, su obra ‘Santín y Draculina’ quedó clasificada como el tercer mejor mural del mundo.
En 2025 sumó además un nuevo reconocimiento en la provincia, al alzarse con el primer premio del Certamen de Murales de Sahagún gracias a un retrato de la reina Urraca I de León. Villamoratiel incorpora ahora a su patrimonio la que la propia memoria del proyecto define como una de sus creaciones más emblemáticas.
El ciclo anual de la tierra, desde la Edad Media
Para estructurar la composición, el proyecto ha tomado como hilo conductor el ciclo anual de trabajo en el campo tal y como se desarrollaba desde la época medieval. No en vano, la localidad se formó como población en la Alta Edad Media, en el siglo X, con un primer documento que data del año 959 y que se refiere a ella como ‘Billa Moratelle’. En aquel tiempo, el pan y el vino eran la base de la dieta tanto de los primeros colonizadores como de los numerosos monasterios que se repartían por el interfluvio del Esla y el Cea.
La memoria del mural enlaza de hecho esta propuesta con el calendario agrícola del Panteón de San Isidoro de León, que en el siglo XII ya dejó retratados mes a mes los trabajos del campo, desde la siega con hoz del mes de julio hasta la trilla de agosto o la vendimia del otoño. Desde la Edad Media, esta temática no solo representó el sustento físico de estas tierras, sino que se cargó también de un profundo simbolismo espiritual, social y económico.

Espigas doradas y una mujer que da la bienvenida
En la parte derecha del paño domina el color dorado de un campo de trigo que espera la siega bajo un cielo de verano despejado, apenas salpicado por las pequeñas nubes blancas y algodonosas, los ‘Cumulus humilis’, conocidas popularmente como nubes del buen tiempo. En el texto del proyecto, el pan simboliza el sudor de los agricultores, el alimento que frena la hambruna y la sumisión de la comunidad al ciclo de la naturaleza.
En el centro de esa escena emerge la figura humana del mural: una mujer joven, con pañuelo en la cabeza y corpiño, rodeada de trigo y espigas y con un racimo de uvas entre las manos. Su mirada serena, reflexiva y esperanzada invita al espectador a contemplar el color y la cultura como reflejo de la sociedad, y funciona a la vez como bienvenida a los visitantes, a quienes anima a descubrir los atractivos de Villamoratiel: la calidad de vida, un entorno natural de grandes planicies y valles, sus atardeceres, su patrimonio histórico y cultural y una gastronomía auténtica en un ambiente tranquilo.
La vendimia, las bodegas y la torre mudéjar
Una fina línea mezcla de verde y ocre separa el cereal del viñedo, donde predominan los tonos verdes, púrpuras y terrosos de los liños, las cepas, los racimos y la hojarasca. García Juan recoge en esta parte de la obra la transformación cromática de la vid durante la vendimia, cuando el paisaje abandona los verdes uniformes del verano para convertirse en un lienzo vibrante con la llegada del otoño.
En la parte superior aparece la hilera de bodegas levantadas por los antepasados de los vecinos allá por el siglo XIV. Para los moratelles, el vino no fue solo una bebida que hacía segura el agua, sino también una parte importante de la subsistencia, un motor del comercio y un signo de estatus social en los pueblos de la comarca de Las Matas. Sobre todo el conjunto se alzan la iglesia y su esbelta torre mudéjar, que en la lectura del proyecto representan lo sagrado frente a lo mundano de la vida cotidiana de la comunidad.
En el extremo opuesto a la joven, el mural se cierra con el brazo fornido de un agricultor que ofrece un racimo de uvas, una imagen que completa el relato del esfuerzo, la hospitalidad y la supervivencia de los habitantes de estas tierras frente a las inclemencias del mundo exterior.
Un homenaje a padres y abuelos
Más allá de su valor estético, la obra se concibe como un mural costumbrista de carácter rural, un recordatorio para las generaciones venideras del esfuerzo, el sudor, el sacrificio y la dedicación constante de quienes trabajaron estas tierras. En él aparecen retratados los campos de cereal, las espigas, las cepas rectilíneas hoy ya desaparecidas y cargadas de uvas a la espera de la recolección, las bodegas, la iglesia y la torre.
Un escenario al que el propio entorno del mirador pone banda sonora, con el canto de pitos reales, mirlos, jilgueros, verderones, gorriones, estorninos, abubillas, tórtolas y golondrinas. La memoria del proyecto concluye con un agradecimiento expreso al autor por una obra que Villamoratiel de las Matas ya considera parte de su paisaje.
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