Me dirán que es una norma general, que se suprime la Semana Santa en todos los pueblos y ciudades, como se suspenden los Sanfermines y las fiestas populares. Y yo insistiré en que a mis hermanos y hermanas de León no se les puede hacer eso; que no es justificable tirar por la borda el trabajo de miles de cofrades; que es injusto cortar en seco la ilusión de los papones y los braceros y los atajadores y los seises y los abades y los papones de acera que íbamos a llegar de todo el país; que clama al cielo que la fe de una ciudad que lleva siglos haciendo de su Semana Santa las jornadas más sentidas y participadas del año se vea interrumpida por un suceso que parece un castigo; que no se puede impedir que el pueblo vea y sienta por sus calles los tronos y los pasos y las grandiosas figuras de los genios de la escultura imaginera que han dado los siglos.
Y les diré que, por muchas que sean las restricciones y grandes que sean los miedos, a la ciudadanía leonesa le podrán impedir que se reúna y se amontone en las calles, pero no le podrán impedir que haga su Semana Santa en la intimidad. Porque es su patrimonio. Porque es su tradición más querida. Porque ha ganado títulos como el de Interés Turístico Internacional. Porque es su orgullo. Porque es, sencillamente, pero grandemente, ‘su’ Semana Santa; la Semana Santa de León.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.