Memoria borrada del Nagasaky y 'Poca ropa'

Villamanín despide este martes a dos vecinos -Ramón el del Nagasaki y Julián de 'Poca ropa'- que además eran la memoria de unos tiempos y unas formas de vida

Fulgencio Fernández
17/01/2017
 Actualizado a 19/09/2019
Julián Álvarez en una fotografía de archivo. | MAURICIO PEÑA
Julián Álvarez en una fotografía de archivo. | MAURICIO PEÑA
El inicio del año está siendo terrible en la Montaña central, en las cabeceras del Bernesga y Torío. Se han ido Amador el del Ezequiel, Antonino el médico –que lo fue de Cármenes y Villamanín–y este lunes dos nuevos vecinos se suman a la nómina de los que «ya son nieve», Ramón Martínez y Julián Álvarez.

Ramón y Julián, sus nombres significan mucho pero, además, eran la memoria viva de dos negocios que ilustran la forma de vida de unos tiempos.

No en vano ellos eran Ramón «el del Nagasaki»y Julián «el de Poca ropa», o, lo que es lo mismo, el de la sala de baile y el de la tienda almacén de todo, incluida la funeraria, no en vano siempre recordaba el bueno de Julián, otro hombre con guardapolvo azul, como en sus inicios llevaba ataúdes a pueblos de toda la comarca incluso atados en el portabultos de la bicicleta. «Pero casi siempre llegué, me quedó uno en Cubillas, que había una nevada...».

Ramón ya llevaba un tiempo luchando contra una grave enfermedad, pero Julián, pese a sus 96 años, tenía una salud excelente, tanto como su memoria. No hace mucho le hicimos una entrevista para la edición digital de LNC y mostró una increíble lucidez y memoria: «Éramos pobres y con 16 años ya entré en la mina, en el pozo maestro, que lo habían volado. Entraba yo solo, a las 12 de la noche, me bajaban con un cable para colocar un tubo de cinco metros. Después pasé a talleres... hasta que me llamaron para la mili, donde estuve siete años, en los dos frentes».
Una vida como la de aquellas gentes irrepetibles.

Como irrepetible fue ‘la aventura’ de Ramón el del Nagasaki, un nombre que es un pozo de recuerdos para muchas generaciones de jóvenes de la comarca. Ypara todos la sala de baile del Nagasaki, abarrotada hasta encima de la orquesta cada domingo, los recuerdos pasan por Margarita, Vicenta y Ramón. Las dos primeras, también fallecidas, en la ‘pelea’ directa con aquellas marabuntas de jóvenes que encaraban cada domingo como si se acabara el mundo. YRamón al fondo, en la barra, contemporizando en los partidos de la tele. Y el lunes a diversificar para el ganado, aquella fonda a la que venían aquellos geólogos que estudiaban la Profunda o cualquier peña de la comarca, ingleses en verano...

Siempre de aquí para allá, sin prisa pero sin parar, pero conel Nagasaki al fondo, para atenderlo o para jugar la partida, para conversar...Ypara gastar una broma que Ramón fue de la raza leonesa del socarrón.

Tan ligado estaba al Nagasaki que cuando enfermó, ya hace años, su declive físico parecía imparable y la única terapia que encontraron fue abrir el bar y que Ramón volviera a estar allí, como toda la vida. Así combatió la enfermedad, aunque ella seguía haciendo su cruel trabajo. Hasta este lunes.

Al nombre de Julián siempre le ponían el apellido de ‘El del almacén de Poca ropa’, que fue el comercio de todo que montó cuando regresó de la larga estancia en la mili.

«Yo tenía unas ganas locas de volver porque me había enamorado de la mujer, pero ciego, no veía otra mujer más que ella. Ynos casamos, no teníamos nada, no hicimos viaje de novios. Yo hice las estanterías...» y seguía su relato que remataba con una frase muy significativa:«Yo devolví más letras que Alemania pero por aquí quité mucha hambre, creo que he sido bueno con la gente».

Dos historias que ayer se cerraron. Dos viejos negocios que ya son solo recuerdos. Dos tercianos que permanecerán mucho tiempo en el recuerdo de la gente. Dos entierros que obligan a las gentes de esta montaña a maldecir un inicio de año cruel.
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