De esta forma, tal y como explican tanto Rivero como López, se trabaja en una especie de pirámide que permite el control total de un sospechoso para así determinar en menos de 24 horas las medidas a tomar en el caso de que se confirme el contagio. El paciente es atendido en todo momento por el equipo básico, que es el más cercano a cada ciudadano: el médico y el enfermero. Son ellos los que hablan con el posible enfermo, «que nada más que entra en la consulta es tratado como positivo». Eso hace que se le haga una PCR y se le aísle durante 24 horas, pero también a sus convivientes y a sus contactos «estrechos», es decir, las personas con las que no se ha mantenido la distancia de seguridad en momentos muy puntuales, y que en conjunto no suelen ser más de 10 o 12, partiendo de unos dos días anteriores a la aparición de síntomas.
Una vez que se le hace la PCR, si es negativa, se desconfina a todos, pero si es positiva, debe continuar este aislamiento 14 días más, y se les hace la prueba molecular a todos los contactos y convivientes. «Si uno de ellos da positivo, se le trata como un nuevo caso», por lo que empieza de nuevo el sistema. Este trabajo de inspección de todos los contactos es dirigido por cada rastreador, que vela por el cumplimiento de todos los pasos, y que por tanto supervisa que se haga todo correcto para que los posibles contagiados estén notificados y se les resuelvan todas las dudas en cada momento. Después, toda la información pasa al rastreador de área, es decir, Silvia López, que es quien filtra y coordina los pasos a seguir al conocer las PCR positivas y poder informar de sospechosos a los que hay que hacer el seguimiento, que pueden ser de otros médicos.
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