Y es lo que le ha ocurrido a Julia Fernández, que ha tenido que enterrar a su hija Sheila .
Y además su hija ha sido asesinada de manera cruel.
Y además nadie ha pagado por el crimen de una joven de 22 años.
Y además han pasado más de 15 años desde aquella noche del 25 de enero del año 2004.
Y en esos 15 años Julia se ha rebelado contra jueces y fiscales, ha montado un campamento delante de los juzgados para que no se cierre el caso, ha llamado a todas las puertas, ha clamado a todos los cielos y la respuesta siempre ha sido la nada.
No ha llorado en público pero lleva el dolor dibujado en el alma y sus gritos en la camiseta: «16 años sin tu sonrisa», «fin de esta agonía»... «te queremos Sheila . Lucharemos hasta el final».
Lo dicho: «No puedo más... pero voy a seguir».
Los últimos días han sido terribles, nuevamente terribles, después de abrir la puerta a algunas esperanzas nuevo portazo a su lucha, nueva y odiosa terminología judicial: «No existen en este momento medios de prueba, siquiera indiciarios...» y bla, bla, blá. Es imposible mirarle a la cara a esta madre, ni siquiera en fotografías.
Y ella ya no hablaba de justicia, creo que poco espera de esa palabra. Se aferra a los recuerdos y los cuenta, tal vez para que a alguien se le caiga la cara de vergüenza: «Tenían que haberla conocido, era un verdadero cielo,la más lista de la escuela, trabajaba para ayudar a su padre a comprar un coche, para que no le saliera tan caro...» y se le va iluminando la cara a cada nueva frase que añade al recuerdo vital de Sheila . Pero ni toda la luz del mundo borra su tristeza.
- No puedo más, pero no voy a cejar en mi empeño, por Sheila .
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