La increíble historia de Nicomedes: de un pueblo de León a Barcelona en burro para curar a sus hijos

Después de que un perro con rabia mordiese a los niños Auxilio y Valentín, este hombre completó a finales del siglo XIX un viaje de más de tres meses que estuvo repleto de avatares

22/03/2026
 Actualizado a 22/03/2026
Dos imágenes, ya de mayor, de Auxilio, uno de los niños de aquel viaje a Barcelona. | L.N.C.
Dos imágenes, ya de mayor, de Auxilio, uno de los niños de aquel viaje a Barcelona. | L.N.C.

No cabe duda alguna de que cualquier papá haría lo que fuese por sus hijos, pero en la semana del Día del Padre esta sentencia resulta incluso más evidente. El amor paterno no entiende de límites y miles de millones de pequeños gestos y vivencias cotidianas lo demuestran a cada segundo y en cada rincón del planeta. Historias tan anónimas como heroicas que, como en el caso del desconocido viaje del tío Nicomedes, engrandecen la raza humana y la salvan de todas sus miserias.


Nicomedes Aparicio fue un hombre que nació en Almanza en algún momento del siglo XIX. El motivo de que tan ignoto nombre aparezca ahora, en marzo de 2026, en un periódico responde a una historia acontecida en el año 1894 y que es tan asombrosa como desconocida.


Auxilio y Valentín, hijos del tío Nicomedes, recibieron la mordedura de un perro con rabia y su padre no dudó en emprender un interminable viaje en burro desde la provincia de León hasta Barcelona en busca de una cura. Una aventura repleta de pesares y de giros que bien podrían atribuirse a la providencia que son recogidos, con testimonios en primera persona de uno de aquellos niños, en el libro ‘Almanza y sus historias’, escrito por Waldo Fernández.

Nicomedes nunca había viajado más allá de Sahagún, pero no dudó en ir a Barcelona


El médico que atendió a Auxilio y Valentín, niños como casi todos en aquellos tiempos del más humilde de los orígenes, advirtió a la familia que los casos de rabia solo se trataban en Barcelona y que a los 40 días de la mordedura se empezaban a manifestar los síntomas de una enfermedad que, para entonces, ya sería irremediable. «Barcelona. ¿Dónde estaba? ¿Cuántas leguas la separaban de Almanza? ¿En cuántos días podría hacerse el viaje? ¿Dónde irían a hospedarse? ¿Cuánto cobraría el médico? Demasiadas preguntas para gente pobre», recoge Waldo Fernández en su obra de relatos de Almanza.


El caso es que Nicomedes no dudó en madrugar al día siguiente, cargar a dos niños adormilados en un burro y, sin tener demasiado claro la dirección que tomar, poner rumbo a Barcelona. Era el 2 de febrero de 1894, el día de Las Candelas, y «hacía un frío del carajo».

Los tres viajeros recibieron pan, queso y chorizo de sus vecinos para los primeros días


Los viajeros recibieron de sus vecinos generosas provisiones que, en cualquier caso, resultaron ser insuficientes para un viaje tan largo: pan, trozos de queso y chorizo, tocino y algo de vino. Entre el cura, el médico y el maestro del pueblo dieron unas indicaciones básicas para emprender el camino a un Nicomedes para el que el mundo conocido terminaba en Sahagún.


La narración de Waldo Fernández se sustenta en una entrevista que realizó hace décadas a Auxilio, niño de ocho años que sufrió la mordedura que da origen a esta «epopeya». Según este relato fidedigno a los hechos, tanto él como su padre y su hermano pequeño, Valentín, pasaron por Carrión de los Condes, Osorno, Burgos, Santo Domingo de la Calzada, Logroño, Calahorra, Tudela, Zaragoza, Fraga, Lleida… «Y qué sé yo cuántos pueblos más… Ya no me acuerdo de todos; pero, vamos, esos eran los más grandes y los más nombrados», aportó como testimonio Auxilio en su día.

A base de sopas y tocinos


El aprovisionamiento recibido a la salida de Almanza duró poco más de una semana y, a partir de entonces, Nicomedes y sus hijos sobrevivieron de cuanto pudieron mendigar en su penoso deambular, de sopas y tocinos «que sabían a gloria bendita». Poco habrá tan universal como la buena gente y, como casi siempre, esta apareció dejándoles dormir en cuadras o portalones para coger fuerzas y… continuar.

El padre y sus hijos sobrevivieron de las ayudas, durmiendo en cuadras o portalones


La comitiva también recibía hierba seca y paja para el burro, cada vez más enjuto y famélico a medida que avanzaba el viaje y el crudo invierno. No obstante, cuando ya habían rebasado las tierras aragonesas y el dinero que habían estirado hasta entonces se terminó, Nicomedes se vio obligado a vender al animal. «Mi padre empezó pidiendo diez pesetas y el paisano le ofreció cinco y ahí empezó el trato. Mi padre diciendo que el burro era nuevo, que tenía buena boca y que andaba superior y el otro paisano diciendo que cualquier ciego podía ver lo arruinado que estaba el animal. Total, que lo que más ofreció fueron seis pesetas. Se plantó ahí y no hubo quien le moviera», recordó Auxilio en su encuentro con Waldo Fernández.


El plan del tío Nicomedes era pagar el billete desde Lleida hasta Barcelona, completando el interminable trayecto. No obstante, el precio era de 5,40 pesetas y los niños tenían que abonar la mitad de la tarifa. Las cuentas no salían y solo pudieron viajar hasta Manresa. De allí a la Ciudad Condal, tocó otra «buena tirada» a pie.


Dos ángeles en la ciudad condal


Era ya marzo cuando llegaron a Barcelona y quedaban pocos días para que se cumpliera el plazo de curación que les había dado el médico de Almanza. Allí, la única directriz era buscar a un guardia con raíces en el pueblo, Ramón Ramos, y entregarle una carta de recomendación de sus parientes. «Lo que no teníamos era la dirección de dónde vivía don Ramón. Solo sabíamos el nombre. Así que, cuando entramos a Barcelona, al primer guardia que encontramos le preguntamos si lo conocía. Y ese no lo conocía, pero al segundo al que preguntamos sí le conocía. Así que tuvimos suerte porque además nos llevó a su casa», explicó Auxilio a Waldo Fernández con los recuerdos de su infancia.

El tío Nicomedes se vio obligado a vender a su burro por seis pesetas


Ramón y su esposa, Concha, hicieron que cambiase la suerte de los viajeros de más de 750 kilómetros. Según detalla el autor de ‘Almanza y sus historias’, ducharon a los niños, dándoles prendas que sustituyeran a sus harapos y un plato caliente de comida. Sin perder más tiempo, Auxilio y Valentín fueron atendidos en el hospital y los médicos felicitaron a Nicomedes por su hazaña.


Un largo regreso a casa


El tratamiento «no era complicado» y los sueros resultaron efectivos para que esos niños pudieran tener luego una vida larga y feliz. Después de una estancia de un par de semanas, los médicos de Barcelona entregaron a Nicomedes «dos duros» que, con las ayudas de Ramón y Concha, fue lo único de lo que disponía para el viaje de vuelta.

En Barcelona buscaron a un guardia con raíces en Almanza


Los niños estaban curados, y desde luego que no había nada más importante, pero el regreso al León rural para el reencuentro con los suyos tampoco estuvo exento de penurias y nuevos avatares. Los víveres y el dinero prestado por aquella buena gente de Barcelona duraron menos de dos semanas y tocó buscarse nuevamente la vida. En el retorno a territorio leonés no faltaron otras personas dispuestas a echar una mano, como un carromatero riojano que, a la altura de Calahorra, les ayudó a avanzar ocho leguas en una sola jornada. A pesar de ello, el viaje de vuelta se demoró casi mes y medio, estando ya más que avanzada la primavera cuando llegaron a Almanza.


El reencuentro con los suyos


Cuentan que Nicomedes y sus hijos, ya curados de la rabia, llegaron descalzos y que todos los vecinos del pueblo salieron a recibirles mientras musitaban bendiciones a San Antonio de Padua. Ya casi nadie contaba con ellos cuando fueron avistados «llenos de miseria, de piojos y de hambre». Se habría obrado el mayor milagro que, con toda probabilidad, aquellas trabajadoras gentes de Almanza habían visto o escuchado jamás.

Regresaron a su pueblo cuando ya casi nadie les esperaba, "llenos de miseria, de piojos y de hambre"


La gesta de aquel padre todavía se escucha en este pueblo y sus alrededores. Una de esas historias que, tal vez, si hubieran acontecido en Alabama y no en el León rural habrían inspirado una serie de ‘Netflix’. Nunca es tarde para hacer justicia: quién sabe si Nicomedes Aparicio será algún día el protagonista de una novela que está por escribir o si prestará su nombre y su apellido a una calle de Almanza.


Hoy, en una séptima generación, hay niños que corretean por el pueblo de Almanza gracias a ese remoto tío Nicomedes que salvó su linaje con una prodigiosa expedición a años luz de su mundo conocido. Decenas de vidas, únicas e irrepetibles como todas, que a lo largo de más de un siglo solo pudieron ser posibles gracias al amor más inmenso que puede existir: el de un padre por sus hijos.
 

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