Furgonetas cargadas de ánimos

Los vendedores ambulantes son un aliado estratégico para los que todavía resisten en los pueblos dispersos de la provincia

D.L.M.
E. Niño
Patricia Ferrero y Diana Martínez
09/04/2017
 Actualizado a 17/02/2019
José Manuel Fernández, de  Congelados CasaMar, que asegura que «ya no hay esa alegría en los pueblos». | L.N.C.
José Manuel Fernández, de Congelados CasaMar, que asegura que «ya no hay esa alegría en los pueblos». | L.N.C.
Media docena de niños se levanta rápidamente huyendo de la sombra de la plaza en la que se refugian del calor, desenredan el ovillo de bicicletas tirado en el asfalto y van saliendo disparados en busca de la furgoneta que entra en el pueblo dando pitidos apresurados. Es jueves, viene el panadero de San Cipriano, el que trae napolitanas de chocolate, al que llevan esperan buena parte de la tarde. La escena, común no hace tanto, se puede observar todavía en unos pocos pueblos de la provincia, pero cada vez en muchos menos. Los propios inductores de esa ilusión de los jóvenes, los que alteran el ritmo del pueblo por un momento –aunque son una pulso más de ese ritmo–, los vendedores ambulantes explican que la decadencia llega también a su negocio. Lo saben bien los que venden no tan lejosde la capital, en la Sobarriba, donde saben, por ejemplo, que el cambio impuesto hacia cuadras de muchas vacas y cada vez menos ganaderos es uno de los males que provocan la despoblación. Ellos lo viven a diario, a los pueblos a los que llegan con furgonetas llenas de ánimos.

No obstante, en los pueblos más pequeños de la montaña leonesa la venta ambulante sigue siendo una constante. Quizá, los viajantes no venden demasiado, pero más allá de la ganancia se hace un servicio que se ve recompensado en verano con la llegada de los veraneantes «que también compran».

La mercancía varía, a veces, para hacerle un pequeño favor, al del teleclub, al del bar o al señor mengano que ha estado pachuchoSon las señoras las que tienen mejor controlado los días y horas a las que suele venir el pescadero, cuando llega el de la fruta, o si al de la bombona de butano le toca venir o no. Pequeñas pautas que, además, rompen un poco la rutina. Además de estos vendedores que suben semanal o quinquenalmente, a veces se tienen otras visitas, esas sin fecha fija, como la de la camioneta que anuncia por megafonía que acaban de llegar al pueblo con «naranjas de valencia», como si del afilador o el tapicero se tratase.
En el caso de los panaderos, que cumplen la misma ruta a diario, en ocasiones no solo llevan en sus furgonetas pan, empanadas y dulces. La mercancía varía en muchas ocasiones para hacerle un pequeño favor al del bar, al del teleclub, o al señor mengano que ha estado pachucho. Entones llevan, además de pan, los periódicos o recogen algún encargo de la farmacia. Así, se aprovechan sinergias.

Cada vez son menos los vecinos que resisten en los pueblos pequeños, los jóvenes se van en busca de estudios y trabajo, y los mayores se queda. Por eso, en algunas localidades de montaña, todavía persisten pequeñas tiendas. Pequeños locales, colmados como dicen las señoras, donde puedes encontrar en sus estanterías de todo un poco; desde conservas hasta detergente, algo de embutido, refrescos… «Es más un poco más caro que en León, pero hija, te hacen el avío».

4.000 kilómetros al mes

Bien lo sabe José Manuel Fernández, deCongelados CasaMar, que asegura que «ya no hay esa alegría que había en los pueblos».Más de dos décadas trabajando en la venta ambulante. Durante años trabajó para una empresa y desde hace dos lo hace como autónomo y así ha puesto a funcionar su negocio ‘Congelados Casamar’. Con su pequeña tienda móvil en la que tiene productos de alimentación congelados, frescos, refrigerados y productos de droguería y limpieza, parte cada día de su almacén en Villafranca del Bierzo para recorrer cada mes «unos 4.000 kilómetros» yllegar a infinidad de pueblos de montaña de todo el Bierzo, distintas comarcas de León e incluso llegando a zonas de Zamora, Orense y Lugo.

Reconoce que su negocio «es poco más que lo comido por lo servicio», que la crisis se ha notado mucho «en los cuatro o cinco últimos años, pero no digamos ya el bajón que ha habido desde hace 20 años en los pueblos».

Recorre por ejemplo todos los pueblos de la sierra de Ancares y las cuencas mineras. En todos los pueblos se ha notado el bajón, dice «pero en las zonas mineras es desastroso, la gente mayor de los pueblos se muere o se va yendo y los jóvenes no tienen trabajo, desde luego ya no se ve esa alegría que se veía hace unos años en los pueblos». Además, las grandes compras las hacen en los supermercados de pueblos grandes y muchas veces la venta ambulante se queda como algo testimonial «un poco de fruta, de charcutería, o algo de necesidad». Aunque también reconoce que tiene muy buena clientela muy fiel en los pueblos». Es en los pueblos más alejados donde valoran más su presencia «y donde más se vende». Pese a que «como todo», su negocio está «muy mal», sigue cada día haciendo horas y kilómetros para no dejar a sus clientes sin su pequeña o gran compra.

Igual que Ignacio, que vende fruta en los mercadillos y por los pueblos. Asegura que la crisis sigue muy presente y que las grandes superficies les están «matando». También ve cómo están despoblándose los pueblos.

«Se nota mucho. Mucha gente se ha ido. Es normal, les están quitando todos los servicios», reitera. Reconoce que el periodo estival, «si viene buen tiempo», les da un pequeño respiro y algún chiquillo todavía los recibe a la entrada del pueblo para seguirlos con su bicicleta.
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