El 19 de octubre de 2026, las campanas de la iglesia parroquial de San Martín de Tours de Grajalejo, perteneciente al ayuntamiento de Villamoratiel de las Matas, e integrado en la meseta de Tierra de Campos, repicaron con una
alegría especial: Fredesvinda cumplía nada más y nada menos que 100 años.
Nacida en el otoño de 1926, su vida quedó unida a la sedienta, sobria y bella tierra rojiza y ocre que trabajó desde niña. Fue la tercera, de cuatro hermanos, dos varones y dos hembras, y, a quienes hoy recordaba con una sonrisa nostálgica mientras su familia le hurgaba en la memoria y los sentimientos. Ella es el último eslabón de una generación de hierro, ligada a un modelo de subsistencia, marcado por el esfuerzo físico extremo, la tracción de los bueyes y las mulas y una profunda dependencia de los ciclos anuales de la naturaleza y de los ritos del campo.
Toda su existencia transcurrió bajo el cielo infinito de la meseta, entregada al rigor de la agricultura, cultivando estos campos cerealistas sedientos, desgastados y regados de sol. Sus manos, nudosas y sabias, nos hablan de madrugadas gélidas, de siembras sobre surcos rectilineos de vertedera, de siegas bajo el sol abrasador del verano y de cosechas bondadosas que la alimentaron a ella y a los suyos. El campo, a veces duro y a veces generoso, modeló su espíritu inquebrantable.
Sus rasgos duros delatan tiempos difíciles de abnegación y de sacrificio. Cada arruga en su rostro es el mapa de una batalla ganada al destino, y sus brazos, huesudos y largos, guardan el silencio de los años en que el descanso era un lujo inalcanzable. Sin embargo, en el fondo de sus ojos apagados, todavía brilla el orgullo de quien lo ha dado todo sin pedir nada a cambio.
En la mañana, la sala de la residencia mixta de personas mayores "León - Armunia", se llenó de calor, de risas y de recuerdos, de flores y de aromas dulces junto a la cuelga, la placa de reconocimiento del Ayuntamiento y los licores. Familiares y amigos entre los que me encuentro, nos reunimos para celebrar no solo un siglo de vida, sino la memoria viva de un pueblo entero.
Al soplar las velas, con ayuda, pues el fuelle ya no es el mismo, ahora soplan otros vientos, Fredes, que así es como se la reconoció siempre, miró hacia el interior de su alma, hacia
el horizonte dorado de la meseta, hacia su Grajalejo querido y, con voz firme, dio las gracias a su Cristo del Amparo por el siglo caminado.
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