Más de seis décadas después de su desaparición, Quintanilla de Babia volvió a celebrar este sábado la Feria de Santa Marina. La histórica cita, que dejó de celebrarse en la primera mitad de la década de 1960, regresó convertida en un encuentro cultural, patrimonial y comunitario abierto a vecinos, visitantes.
La recuperación de la feria fue fruto del trabajo conjunto del Instituto de Ciencias del Patrimonio (INCIPIT-CSIC) y la Reserva de la Biosfera de Babia dentro del proyecto europeo Cultur-Monts, financiado por el programa Interreg SUDOE. En la organización participaron también el Ayuntamiento de Cabrillanes, la Junta Vecinal de Quintanilla de Babia y la Asociación Cultural El Rancón.
Más que rescatar una antigua celebración, la iniciativa buscó demostrar cómo el patrimonio puede convertirse en una herramienta para fortalecer vínculos, reforzar el sentimiento de pertenencia y generar oportunidades de encuentro en un territorio marcado por el reto demográfico.
La jornada comenzó con la apertura de la barra en el campo de la fiesta y continuó con un paseo interpretado por el entorno de Quintanilla para descubrir el paisaje, las peñas, las ruinas y la toponimia tradicional. Tras la comida popular, con caldereta y morcilla babiana, la feria abrió oficialmente sus puertas.

La tarde incluía actividades artísticas para niños, la presentación del plano toponímico de Quintanilla, la exposición de varios proyectos impulsados por la Reserva de la Biosfera de Babia, la presentación del libro ‘La Alzada de Torrestío: donde humanos y ganado dejaron huella’, la actuación del Grupo de Baile Calecha y un taller de música y baile tradicional bajo el lema ‘Babia, montes que axuntan tradiciones’, con la participación de Ramsés Ilesies, Xosé Ambás, David Álvarez Cárcamo y Octavio Trapiella.
Una cita con una larga historia
Durante generaciones, la Feria de Santa Marina fue una de las grandes citas del calendario festivo y comercial de la montaña occidental leonesa. Cada 18 de julio, el paraje de Santa Marina, situado al este de Quintanilla, reunía a vecinos de Babia y a visitantes llegados desde Asturias y otras comarcas de la montaña leonesa.
Hasta allí acudían tratantes de ganado, vendedores de aperos agrícolas, fruta, conservas de pescado y otros productos de uso cotidiano. Pero la feria era mucho más que un mercado: constituía un espacio de convivencia donde circulaban noticias, se estrechaban relaciones personales, sonaban músicas tradicionales y se compartían bailes y celebraciones que permanecieron vivas en la memoria colectiva mucho después de su desaparición.
La memoria como punto de partida
Esa memoria guió el proceso de recuperación desarrollado durante los últimos meses. Vecinos y vecinas aportaron fotografías, testimonios y recuerdos que permitieron reconstruir cómo era aquella feria desaparecida. Buena parte de ese trabajo se llevó a cabo a través de los denominados Laboratorios de Memoria, una metodología impulsada por el INCIPIT-CSIC en la que especialistas en historia, lingüística y patrimonio dinamizaron encuentros abiertos para documentar saberes, tradiciones y conocimientos locales.
Todo ese material sirvió de base para diseñar la nueva edición de la feria. Incluso el cartel anunciador, obra de la ilustradora Elia Mervi, con raíces familiares en Quintanilla, se inspiró en los recuerdos compartidos por quienes vivieron aquellas jornadas.
La recuperación de la Feria de Santa Marina constituye una de las actuaciones de transferencia social desarrolladas por el proyecto Cultur-Monts en Babia. Entre ellas figuran iniciativas de educación patrimonial en el CRA Babia, investigaciones arqueológicas en antiguas majadas pastoriles y trabajos de documentación y estudio de la toponimia.
Recuperar el pasado
Para los impulsores de la iniciativa, el objetivo no era reproducir de forma literal una antigua tradición, sino recuperar el espíritu que convirtió a esta feria en un espacio de encuentro. En un contexto marcado por la despoblación y el envejecimiento, el patrimonio cultural puede desempeñar un papel activo en la construcción del futuro de los territorios rurales. La memoria, la música, el baile y las tradiciones dejan de ser únicamente un legado del pasado para convertirse en herramientas capaces de reforzar la identidad colectiva y fomentar la participación ciudadana.
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