Con las cifras oficiales contabilizando ya cerca de 2.000 fallecidos y más de 10.000 heridos, los terremotos del pasado 24 de junio en Venezuela se han convertido en una de esas catástrofes naturales que serán recordadas durante décadas en todo el planeta. Una tragedia que vivió en primera persona la familia Rangel García, residente en Caracas y con nacionalidad española por la provincia de León.
Ese trágico día de San Juan, como todos los 24 de junio, era festivo en Venezuela, donde se conmemora la batalla de Carabobo que fue decisiva para la independencia del país. El matrimonio formado por Alejandro y Rocío, junto con su hija Isabella, tenía previsto desplazarse, como muchos fines de semana, hasta la playa de La Guaira. Este lugar próximo a Caracas se convirtió en el punto en que los seísmos de 7,5 grados en la escala de Richter provocaron una «mayor devastación».
Alejandro, Rocío e Isabella iban a ir a La Guaira el día del terremoto, que les sorprendió fuera de su casa
Esta familia leonesa viaja a La Guaira como vía de escape «para salir de la rutina de la semana»; pero, afortunadamente y por uno de los caprichosos giros del destino, el miércoles de la semana pasada no lo hizo por la invitación de otro familiar a que fueran a comer en su casa. «En casa de mi prima éramos 11 personas. Justo unos minutos antes del terremoto estábamos conversando y jugando a las mímicas, todos hablando a la vez y riéndose… De pronto, las luces que estaban encendidas hicieron como si estuvieran haciendo un cortocircuito. Mi esposa me dijo que todo estaba temblando, pero era muy leve. En cuestión de segundos, el remezón del apartamento fue muy fuerte y todo comenzó a caer al suelo. Mi esposa y yo nos hablamos con la mirada y supimos que eso no era un simple temblor. Era algo muy fuerte. El edificio sonaba y se estremecía como que se fuese a partir como una galleta», relata Alejandro a este periódico.
Paredes abriéndose y mucho ruido
Ante los potentes movimientos telúricos, bajaron por las escaleras tan rápido como pudieron. En la pared entre el primer y el segundo piso, frente a Alejandro, Rocío e Isabella, se abrió «una raya como de película de terror».
Según el relato de estos venezolanos nacionalizados españoles por León, mientras bajaban a la carrera, una rejilla del conducto de ventilación cayó a sus pies. Sin embargo, aseguran, ni siquiera escucharon el ruido: todos los esfuerzos de Alejandro y Rocío se centraban en sacar a Isabella del edificio. «Muchas cosas» caían y un «sonido muy fuerte, como una especie de zumbido» comenzó a ser tan insoportable que ya no podía pasarse por alto.
Agónica huida
Dado que la puerta principal estaba bloqueada, esta familia tuvo que recurrir a una salida trasera. En su agónica huida se encontraron con que esta también estaba cerrada. Sin embargo, una persona les abrió y los Rangel García lograron salir al «estacionamiento destechado del edificio». «En ese momento aún no nos dimos cuenta de la magnitud de lo que había pasado. Sabíamos que había sido algo muy fuerte, más que otros sismos que hemos vivido. Vimos el edificio que estaba al lado y se veía que había tenido daños en la fachada. Se había ido la electricidad, los teléfonos móviles no funcionaban…», rememora la familia.
"El edificio sonaba y se estremecía como que se fuese a partir como una galleta"
De inquebrantable fe católica, los tres regresaron a su hogar por carretera rezando el rosario. En su urbanización, esta familia con raíces en Almanza, pueblo que han visitado en numerosos veranos a lo largo de su vida, se encontró con que «estaba todo oscuro». Buscaron a María Juan, española que de joven emigró a Venezuela y madre de Rocío, que se hallaba ya en la calle, frente a su casa. La abuela, como el resto de vecinos, tenía «miedo de subir» otra vez.
Un milagro al llegar a casa
Tardaron horas en decidirse a subir a su casa. Mientras lo hacían, poniendo cuidado en cada paso que daban, Alejandro y Rocío pensaban en que todos sus bienes se habrían caído al suelo y que las paredes estarían resquebrajadas. «Mientras subíamos nos cruzamos con algunos vecinos que bajaban y nos dijeron que tenían muchas cosas rotas. Mi hija estaba muy nerviosa y tratamos de calmarla. Mi esposa solo decía que la Virgencita y Jesús no se hubiesen roto. Al abrir la puerta, nuestra casa estaba intacta. Todo en su lugar. Sentimos que la Virgencita María nos protegió», detalla el padre de familia.
Agradecidos por esa intercesión divina, estos venezolanos desconocían la magnitud de los terremotos en su país ya que seguían sin luz ni internet. No obstante, al rato y valiéndose de un generador de batería, Alejandro logró acceder a información sobre lo que había ocurrido. El padre de familia, nacionalizado leonés, resume estas vivencias en una frase: «Nunca en mi vida había visto tal destrucción».
Pasando la noche dentro del coche
De pronto, mientras tres generaciones de mujeres, María, Rocío e Isabella, compartían la cena, todos sintieron «una réplica superfuerte». Temerosos por la situación, por lo que todavía pudiese ocurrir, la familia decidió marcharse de su casa y pasar la noche dentro del coche.
Este testimonio de venezolanos de León o de leoneses de Venezuela, como se prefiera, evidencia las traumáticas horas que todo un país vivió en la tarde del 24 de junio de 2026. Un día negro, triste como pocos, que los Rangel García nunca olvidarán. Sin embargo, a pesar de todo, Alejandro, Rocío, la niña Isabella y la abuela María tendrán la inmensa fortuna de poderlo contar: «Le damos gracias a Dios y a la Virgen de que estamos todos bien».