Quizás por no haber presenciado directamente el horror, el discurso de Ana Sánchez no está plagado de los términos trágicos que copan los titulares de los atentados terroristas. Sin embargo, su relato es todavía más frío porque no habla en caliente, sino con la calma y con la perspectiva de quien ha estado localizando a los suyos y no por primera vez. Tampoco es un relato de resignación, pero sí de cruda y pura realidad.
"Después de los otros acontecimientos… En los de París dispararon a la hija de una compañera que estaba en la sala Bataclán. No es que uno se acostumbre, pero uno no se sorprende tampoco de cosas así de bárbaras", responde esta leonesa, que descarta que los atentados sean una sorpresa y recuerda "en España también hemos estado acostumbrados al terrorismo de ETA y sabemos que las cosas más inverosímiles pueden ser posibles".
Un compañero de trabajo me contó ayer que había podido llevarse la familia a casa pero ‘esquivando muertos'Asustan las palabras de esta emigrante española que esbozan un mundo donde la crueldad parece ya formar parte del paisaje. Un mundo globalizado en el que, como explica, llegan antes los mensajes de contactos en México, Italia, Turquía o España, que los del propio país. Conexiones que en ocasiones pueden hacer todavía más dolorosos los injustos efectos de un atentado. "Hace dos años mis padres estaban aquí para la fiesta del 14 de julio y fuimos a ver los fuegos, pero este año no coincidió así", explica Ana Sánchez, consciente de que podría haber corrido peor suerte de haber estado dos o tres minutos más en el Paseo.
"Nada más cenar me bajé a ver los fuegos, que duran media hora, y en cuanto acabaron me subí. Yo como estoy muy cerquita solo tarde dos o tres minutos en llegar a casa y fue unos pocos minutos después cuando empezó a circular el camión por el paseo".
Ya en casa, "lo único que me pareció raro fue que se oían helicópteros, pero pensé que era una animación de luces o algo así, parecido a lo que hacía poco habían hecho con un concierto de Jazz en globos aerostáticos". Sin embargo, segundos más tarde "me mandó un mensaje una compañera para preguntarme si estaba segura que yo no entendía, pero en ese momento también me llamó mi hermano mayor y ya miré por Internet y vi lo que estaba pasando; luego ya empezaron a llamarme de mi empresa porque la gente que estaba trabajando en el turno de noche estaba muy preocupada porque tenían a sus familias por el paseo". Ayer un compañero le confesó "pude llevarme la familia de vuelta a casa, pero esquivando muertos...".
Ana Sánchez pasó toda la noche, hasta bien pasadas las cinco de la mañana, ocupándose de los compañeros de la fábrica de componentes de inyección para automóviles de Mónaco en la que trabaja. "He intentado llamar a los compañeros que sabía que podían estar por ahí". Después se instauró el toque de queda, aunque por la mañana una relativa normalidad ya se había instaurado en la ciudad. Ana Sánchez explica que la zona del paseo ha sido acordonada con lonas para preservar el trabajo policial, pero los trenes han funcionado con normalidad y solo en el aeropuerto ha habido complicaciones serias por ser una zona muy sensible y por la llegada del presidente Hollande. En resumen, la vida sigue para los que escaparon del atentado. "En mi empresa no hay víctimas, pero sí hay gente que lo ha presenciado y que psicológicamente está mal". Muchos están "traumatizados" y más en sus miradas que en sus palabras se podrán ver el miedo, el terror y el pánico.
Pero de las palabras de Ana Sánchez se puede deducir que ella solo mira a la realidad, consciente de que la amenaza está oculta en muchos lugares y muchas fechas, mira la triste situación que vive Europa con los ojos de una emigrante que ha escapado de una masacre a la puerta de su casa y cuyo máximo deseo ahora mismo es volver a reunirse con su familia en cuanto coja las vacaciones.