“Recuerdo muy bien el 24 de febrero de 2022. Estuvimos viendo la sesión urgente de nuestro parlamento, pero no creíamos que la guerra se iniciara. A medianoche nos quedamos dormidos. A las cuatro de la madrugada, mi marido me despertó. Los ataques habían comenzado por toda Ucrania. Me fue imposible comprender ese horror ante nuestros ojos”. La familia de Natalia Polishchuk, de 40 años, madre de tres hijos y originaria de la ciudad de Jmelnitsky, a 200 kilómetros al oeste de Kiev, salió casi con lo puesto de su casa en dirección a Polonia. El presidente ruso, Vladimir Putin, había iniciado un ataque que ya se extiende durante cuatro años. “Tenemos la esperanza de volver en algún momento, pero la situación todavía es complicada. No sabemos cómo terminarán las negociaciones y la guerra”, comenta, en relación a las conversaciones abierta estos días en Suiza. “Hemos guardado las llaves de nuestro hogar, como muestra de esperanza”, relata, notablemente emocionada.
Natalia Polishchuk integra la diáspora que justo ahora hace cuatro años se vio obligada a salida de su país por la invasión rusa. Dejó atrás una vivienda, a sus padres, una cultura… Escritora y periodista, es el fiel reflejo de una familia a la que le rompieron sus sueños. Ahora, junto a sus tres hijos y su marido (quien pudo salir por ser familia numerosa), están perfectamente integrados en Salamanca, ciudad a la que se muestra “muy agradecida, de todo corazón” y en la que recaló a finales de marzo de 2022. “Nos da fe, fuerza para seguir. Nos hemos adaptado y formamos parte de esta sociedad tan abierta, tan bonita”, remarca. Pero no esconde que el objetivo, a largo plazo, es regresar, volver a sus orígenes, de dónde nunca debió ser expulsada.
El conflicto desató una oleada de migración en territorio europeo, con casi 4,3 millones de ucranianos que abandonaron sus hogares y pedir asilo en el resto del continente para intentar seguir con una vida que, de repente, Putin había destruido. Se apoyaron en la solidaridad. España ha acogido en este periodo, según datos del Observatorio Permanente de la Inmigración (OPI), 338.000 ciudadanos de esta nacionalidad, casi siete veces más que antes de febrero de 2022.
De todos los beneficiarios de la protección temporal, el 43,85 por ciento son mujeres, y los menores casi un tercio (30 por ciento), principales residentes actualmente en la comunidad, mientras que los varones acumulan el 25 por ciento, según datos de Eurostat, un porcentaje que está ligado a que los hombres de entre 18 y 60 años no pueden salir, a excepción de si cuentan con una discapacidad o son padres de familia numerosa.
Tierra solidaria
Esta desigualdad, denunciada por ACNUR, muestra la solidaridad de España en el ámbito humanitario, y también la de Castilla y León. La comunidad acoge el 1,7 del total de ucranianos del país, la undécima comunidad autónoma con más refugiados, pasando de 1.380 con documentación de residencia en vigor a 5.738 en el último cuatrienio, cuatro veces más.
Polishchuk admite que antes de 2022 “nunca había escuchado nada de Salamanca”. Ahora está enamorada de la “ciudad histórica”, impresionada por las catedrales en una ciudad “rica en cultura, con gente abierta, bonita, sincera, generosa y mucha solidaridad”. “El idioma lo sigo mejorando”, comenta a Ical, y el clima, “comparado con el invierno en Ucrania…” “Ahora allí hace 23 grados negativos, pero también echamos de menos la nieve”.
Desglose autonómico
Salamanca, como las otras ocho provincias de la comunidad, acoge una gran cifra de personas refugiadas ucranianas. Tres de ellas han experimentado incrementos superiores al 500 por ciento y ninguna baja de un aumento de un 200 por ciento en estos años. La que más ha crecido en población, en términos porcentuales, es Ávila, que pasó de 80 personas censadas a 546 en diciembre de 2025, con un aumento del 582 por ciento. La segunda que supera ese umbral es Palencia, de 58 a 392; seguida por Zamora, de 46 a 304, lo que implica un crecimiento del 560 por ciento.
A continuación, con incrementos que supone multiplicar por cuatro la población, como la media autonómica, figuran Burgos, León y Segovia. Esta última contaba en 2022 con 124 acogidos y subió hasta los 593; mientras que Burgos parte de 181 ucranianos censados hasta los 763 en 2025. León, por su parte, pasa de 244 a 990 personas.
Valladolid es la tercera provincia con menos crecimiento demográfico de ucranianos en términos porcentuales, con un 254 por ciento, al pasar de 266 a 944 censados; Soria, un 237 por ciento más (de 93 a 314); y Salamanca, un 209 por ciento, al contabilizar ahora 892 habitantes, frente a los 288 del año en que estalló la guerra iniciada por Putin.
Natalia Polishchuk rememora que en los días previos al inicio del conflicto les recomendaron contar con un kit de supervivencia y maleta de urgencia, medicamentos y documentos. Con el estallido, optaron por llevar a sus hijos a casa de su padres, a 50 kilómetros, donde cuentan con un sótano “en el que estarían más seguros”, porque las ciudades “se convirtieron en sitios de peligro; un misil puede destruir un edificio completo”. Ahora, lamenta, cuando habla con sus padres la trasladan que en invierno “no tenían electricidad 12 horas al día, ha sido un infierno, con mucha nieve y frío y -20 grados”, porque han bombardeado las infraestructuras energéticas.
La decisión de elegir España era clara. Su hermano reside en Madrid desde hace una década. “Nos invitó a su casa para tranquilizarnos”, comenta Natalia, quien días después decidió moverse y terminaron en Salamanca, “con una vida que empezó de cero”, con los niños “escolarizados desde los primeros meses”. Ahora, su hijo mayor ya está en el instituto y las mellizas en el cole. “Saben muy bien español. Tienen sus amigos. Estamos contentos y tranquilos y sentimos Salamanca como nuestro segundo hogar”, pero reitera que tiene “la esperanza de volver en algún momento”.
“Es difícil expresar. Se acerca el cuarto aniversario de esta guerra sangrienta e injusta, que llamamos genocida. Putin dice que no existe el pueblo ni la lengua ucraniana y que no debería existir el estado”, apunta a Ical, para advertir que “representa una amenaza para toda Europa y el resto del mundo porque rompe el derecho internacional, los derechos por la democracia y los derechos humanos e impone la ley de la fuerza”. “La ocupación de territorios no es normal y no se puede aceptar. Ahora, casi el 30 por ciento del territorio está ocupado o es zona de conflicto y sabemos muy bien qué significa la ocupación rusa”, manifiesta Polishchuk, que menciona secuestro de activistas, deportación de niños ucranianos “a los que dicen que sus padres los han abandonado”, asesinatos de civiles “con las manos atadas”, violencia sexual, cautiverio y torturas en cárceles rusas; destrucción de monumentos de importancia internacional; la táctica de tierra quemada; el terror con el frío y hasta ocho millones de refugiados, en el “mayor desplazamiento forzado en Europa desde la Segunda Guerra Mundial”. , aun así, Putin “dice que no está en guerra con Ucrania, sino con la OTAN”.
Tiene su cultura en la cabeza a diario. Y por eso ensalza la Asociación de Ucranianos de Salamanca, que reúne a la “diáspora” y organiza eventos, actividades para los niños, recogida de fondos, ropa y alimentos. Natalia también participa en un podcast sobre Ucrania en colaboración con Radio USAL, denominado ‘Ucrania la tierra desconocida’; y con motivo del cuarto aniversario de la invasión se celebran concentraciones, una exposición fotográfica y otros actos en la capital charra.

Viajó de turismo, y se quedó
Diferente es la situación de Nadia Bahinska, de 33 años y residente en León. Llegó a Barcelona de turismo a finales de febrero de 2022. Contaba con billete de avión de vuelta a Ucrania, pero nunca regresó por el estallido del conflicto. Ahora vive en la capital leonesa, donde regenta un salón de belleza y es “autónoma”, ironiza. En su país, en Kiev. se quedaron su madre y su hermana pequeña, además de su padrastro, que no puede salir del país. “Y mi madre no quiere dejarlo solo”, abunda.
Considera que aunque dé la sensación de que la situación “está un poco mejor”, este invierno “han estado sin luz y calefacción”. “Hace cuatro años yo pensaba que estaría aquí solo unas semanas y volvería a casa, pero de momento pienso que no, al menos a corto plazo”, expone a Ical.
“Mis hijos no vieron el terror”
Iryna Khevpa aguantó las primeras semanas, pero no pudo más. En abril de 2022 salió del país hacia Polonia, junto a su cuñada, en ese momento embarazada. En el país vecino encontraron problemas con la vivienda y, tras hablar con “una amiga que vive aquí en Castilla y León”, pensó que la situación se extendería durante “varios meses” y viajaron, pero nunca pensaron que “íbamos a estar por tanto”. En estos momentos, vive en Benavente (Zamora) con sus dos hijos, de 14 y 7 años, y trabaja en una planta quesera. Lo hace lejos de su pareja, a quien, como el resto de hombres, no le permitieron salir para poder luchar. “Y lo que veo es que cada vez es más difícil”, sentencia, resignada.
Tiene su casa en un barrio a las afueras de Kiev, cerca del Lago Dnieper, área que en estos momentos, relata, “está bombardeada, sin luz ni calefacción; y el invierno en Ucrania es muy frío, con casi 23 grados bajo cero”. Frente a aquella situación, Iryna reconoce que en Benavente “están muy contentos” tras casi cuatro años. Su hija “ya tiene más recuerdos de España que de Ucrania”; y el mayor, que “justo hoy cumple 14 años (17 de febrero), está en el instituto”. “Le gusta mucho el sistema de educación, aprender cosas”, comenta Iryna Khevpa. Tanto es así que tres veces a la semana le traslada a León “a aprender japonés”. “Le gusta mucho la cultura, ya cuando estábamos en mi país”, celebra.
Cuando comenzó la invasión, se encontraban en casa de su madre, en la localidad llamada Truskavets, una hora de Lviv, casi en la frontera con Polonia y Eslovaquia, con lo que “hubo suerte y los niños no vieron el terror de cerca”, como sí sucedió en Kiev. “Allí, a casa de mi madre, fuimos en verano, porque es una zona más segura. Pero nuestro deseo es volver y los niños siempre dicen que quieren ir a Ucrania, a pesar de que están bien”, narra, con la voz entrecortada.
“No pensamos volver”
Si muchos de los ucranianos residentes en Castilla y León tienen el objetivo de regresar algún día a su país, ese no es el deseo de Olena Khodyka y su hijo Ivan, de 15 años, que salieron en marzo de 2022 y llegaron a León en mayo de ese año, cuando les garantizaron una vivienda por su estatus de refugiados.
“Lo que está pasando es horrible. No pensamos en volver, porque nuestra casa se quemó con los ataques y no tenemos propiedades allí”, rememora Olena, procedente de la pequeña ciudad de Mirnojraed, junto a Donetsk. En las últimas negociaciones, el Kremlin ha trasladado que quiere que Ucrania ceda el 20 por ciento de la zona que aún ocupa en esta región.
Allí, ni Olena ni Ivan tienen familia alguna, porque todos ellos “han ido saliendo poco a poco del país” y “ahora todos viven en España”, manifiesta la madre. El joven ucraniano cursa en León 3º de la ESO y desea continuar con una FP superior de alojamiento turístico “para trabajar en un hotel”, algo que podría complementar, más adelante, con un grado universitario. “Sé ruso, ucraniano, inglés y español; y me gustaría aprender alemán y poder trabajar en un hotel y comunicarme con gente de otros países. Siempre me ha gustado”, precisa.
Ivan, que llegó con tan solo 11 años a León, es consciente de lo que ocurre en su país, una postura con la que coincide con todos sus compatriotas. “Putin no es una persona con la que se pueda negociar porque no está interesado en el dinero, sino en seguir la guerra. Es un viejo loco que no entiende la realidad y lo único que quiere es el territorio, que muera gente, soldados rusos o ucranianos y civiles”, condena, para vaticinar el “fin pronto de la guerra”, porque “aunque se anexione Ucrania, después iniciará otra guerra que es lo único que le interesa”. “Solo acabará cuando muera Putin”, dictamina.