Demencia con cuerpos de Lewy (DCL). Ese es el nombre del verdugo de mi padre. Cuando descubrí el nombre de quien le acechaba, decidí investigar sobre él y aparte de la información biomédica y muchas referencias técnicas, averigüé que el actor Robin Williams sucumbió ante el mismo agresor. No pude evitar buscar relaciones y recordé los ojos verdes del actor, la eterna mueca socarrona y sobre todo su papel en “El club de los poetas muertos”
Mi vida ha transcurrido dentro de un aula, donde no estaba el profesor John Keating, sino el ínclito Maestro Avello acompañado de un proyector anclado a un carro con carga infinita de ilustrativas diapositivas. El eco monótono de ese carro aún retumba en mi cabeza, racracatac, La Venus de Willendorf.
Nunca he sido ese alumno, pero si estaba en esa aula, subido al pupitre de la primera fila aclamando y alabando su rebeldía, quijotismo y liderazgo hameliniano indiscutible. Oh capitán, mi capitán! Desde muy pequeño entendí que si quería formar parte de la vida de mi padre debía entrar en su mundo. Su mundo no era la Universidad, era la Facultad de Filosofía y Letras del incipiente Campus de Vegazana, donde yo crecí junto a él y a los que consideraba parte de mi familia: Los César, José Antonio, Mercedes, Lorenzo, Manolo, Etelvina y un largo etcétera… racracatac, La Estela de Hammurabi.

El aula cada vez se va llenando más y más, sigo en primera fila, junto a mi hermana, miro para atrás y cada vez veo más y más filas de pupitres. En ese momento comprendí que lo más importante para mi padre estaba en esa aula, ese era su reinado. Recuerdo en muchas ocasiones ir por la calle y oír de mi padre: “Mira!, aquella chica es una guía turística excepcional, fue mi alumna”, “Ves aquel chaval? Ha recuperado un obrador de pan familiar y le va estupendamente, fue alumno mío”… ad infinitum. He de reconocer que envidiaba a todo ese alumnado, así que empecé a ir a excavaciones, excursiones, Congresos; necesitaba ser uno más, el papel de hijo no me llenaba, no era suficiente, racracatac, El busto de Nefertiti.

Miro para atrás y apenas veo el final de la aula, sigo de pie, sigo escuchando al maestro. En cierta ocasión tuve la valentía de pedirle recomendación sobre cualquier banalidad adolescente y me contestó: “Marco, te voy a dar el mejor de los consejos: nunca hagas caso de un consejo” Sin pretenderlo creó en mí el primero de mis axiomas vitales. El segundo y último fue: “Si tu mal tiene cura, de qué te quejas? Y si tu mal no tiene cura, de qué te quejas?” Estos dos aforismos forjaron la persona que hoy soy, no necesitó más, tampoco pedí más, ya podía formar mi propia vida y enfrentar el destete con total seguridad, racracatac, El Ara Pacis.
Ya no se ve el final de la aula, además la voz que acompaña al proyector cada vez se oye más lejana, aún así sigo aprendiendo, me mantengo firme. De repente, sobre el maldito proyector se enciende una luz que ilumina una fecha. 28 de noviembre de 2025. Fin de clase. El silencio es ensordecedor, todos van saliendo lentamente del aula al ritmo del racracatac, coño! Kandinsky!
Me quedo junto a mi hermana, los últimos y proclamamos el definitivo Oh capitán, mi capitán!