Atrapados en las redes sociales

Hablar más y mejor sobre lo que ocurre al otro lado de la pantalla siempre va a hacer las cosas más fáciles, y sobre todo, más seguras

Sofía Morán
19/04/2026
 Actualizado a 19/04/2026
Varios adolescentes consultan sus teléfonos móviles en una imagen que refleja el uso cotidiano de la tecnología entre los jóvenes | L.N.C.
Varios adolescentes consultan sus teléfonos móviles en una imagen que refleja el uso cotidiano de la tecnología entre los jóvenes | L.N.C.

A mi hijo Dimas que ahora tiene 10 años, le encanta que le cuente historietas sobre cómo vivía yo en mi tierna adolescencia. Para él, sin duda, historias de las cavernas. Eso de que cuando te llamaba el chico que te gustaba, había que aguantar la conversación desde el teléfono fijo de casa, siempre bajo la atenta mirada de padres y hermanos. Porque ni móvil, ni Instagram, ni nada de nada. Si quedabas con una amiga para ir al cine y no aparecía, te tocaba llamar desde la cabina o acercarte a su casa y “picar” al telefonillo. No teníamos influencers que nos influenciaran, así que había que fiarse de la prima mayor de tu amiga que tenía más experiencia y te enseñaba a maquillarte o te decía qué pantalones eran “el último grito”. A falta de WhatsApp nos íbamos tirando notas aquí y allá, jugándonos el castigo y la expulsión al pasillo. Si además le cuento que no había Internet, Netflix, o YouTube, a él directamente le explota la cabeza. 

Y es que crecimos en un mundo completamente diferente que ahora resulta como de ciencia ficción pero al revés. 

Los adolescentes de hoy en día no conocen un mundo sin pantallas. Su vida social, emocional y académica se desarrolla entre notificaciones, chats, publicaciones y “reels”. Y ojo, las redes sociales no son un mero accesorio: son el escenario principal donde se vive la amistad, la pertenencia y la identidad. Y es allí donde van a buscar la aprobación externa, la validación y el reconocimiento.

Pero es que las redes sociales son en realidad lugares inhóspitos donde se multiplican los discursos machistas y de odio, discursos que normalizan muchos tipos de violencia, los retos virales que a veces atentan contra su propia salud, la falsa divulgación, y anormales de todo tipo y condición dando lecciones de casi cualquier cosa. Vídeos que además acumulan miles y miles de `likes´. Y por supuesto también está la gente súper feliz. Las vidas perfectas en cuerpos perfectos y viajes perfectos que aniquilan el ánimo y la autoestima de cualquiera. Y todo ello agitado y mal mezclado, afecta de manera significativa en la salud mental de nuestros adolescentes. 

Hablamos de síntomas depresivos y de ansiedad, problemas de autoestima o trastornos de la alimentación, irritabilidad, aislamiento… además de toda la mierda que les pueden meter en la cabeza. 

El escenario es este y nuestro papel como padres es definitivo. Toca sentarse, crear un espacio seguro donde explicarles las cosas como son, dedicarles tiempo, ayudarles a promover el pensamiento crítico y el autoconocimiento: enseñarles a cuestionar todo lo que ven, a quien le dan autoridad, diferenciar entre pantalla y realidad, buscar contenidos que promuevan la diversidad, el humor, el arte o el aprendizaje. Y esto tenemos que hacerlo, porque nadie lo va a hacer por nosotros.

A mi pequeño Dimas ya le voy explicando yo cómo funciona esto de Instagram. La foto que subo del único sábado que salgo ese mes. Ese plan al que seguro he llegado derrapando, estresada viva, es probable incluso que de camino haya discutido 20 veces con mi marido o con alguna de mis amigas, y no les cuento con mis hijos, que me habrán retenido hasta el último momento, y piensas: todo mal, que llego tarde, que ya no quiero ir… Pero lo que subo a redes es la foto perfecta del momento perfecto, el concierto y mi canción favorita. Todo lo demás, sí que es la vida real.

Hablar más y mejor sobre lo que ocurre al otro lado de la pantalla siempre va a hacer las cosas más fáciles, y sobre todo, más seguras.

Acompañar a tiempo puede marcar una gran diferencia. 

 Sofía Morán de Paz @SofiaMdePaz es licenciada en Psicología y madre en apuros

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