Decía Germán —antiguo camarero de Las Torres y un sabio con biogote—para justificar que un día tras otro triunfara la patata como tapa preferida: "La gente se va acomodando al futuro que nos espera y en esta provincia, eso te lo digo yo, llegará un momento que de productos del campo no van a quedar más que la patata... y la guardia civil". A buen seguro que la crisis de la leche ya la veía venir y cuando le pedían un café (o te) con leche preguntaba: "¿La leche sin lactosa, sin fructosa, de avena, de trigo... o prefiere directamente sin leche?".
La leche va camino de morir (perdón, la quieren matar especuladores de un cabronicio que nadie quiere atajar, están a otras cosas); y la patata, que hay años que la quisieron pagar a nada, resiste a duras penas, seguramente tenga mucho que ver que nunca morirán las tapas de patatas, los desayunos de tortilla, la ensaladilla que no es rusa y un niño que convierta en juguete su cuerpo (el de la patata) pues la imaginación infantil y rural siempre se alimentó de convertir lo cercano en sueños; unos calcetines enrollados son pelota; una caja de zapatos es la ambulancia y el ruido de la sirena lo pone él; y unos muñecos enanos son el mayor ejército del mundo que el más infantil de todos los chavales maneja con más sensatez que el panocha loco que lo hace en la vida real.