Abelardo atendió la llamada de ir a jugar la partida "allá arriba"

Con más de 90 años y gran sentido del humor, una inoportuna caída fue el inicio de la cuesta abajo de este enorme trabajador de Valcabado

05/07/2026
 Actualizado a 05/07/2026
Abelardo hace tan solo unos meses, en mayo de este año, con más de 90 años y a lo suyo... trabajar. | ROBERTO CARRO
Abelardo hace tan solo unos meses, en mayo de este año, con más de 90 años y a lo suyo... trabajar. | ROBERTO CARRO

Cada vez que Abelardo se cruzaba por Valcabado con Roberto mantenían la misma conversación:  

- ¿Qué tal Abelardo?

- Pues me están llamando por teléfono los amigos que ya marcharon, que suba, para jugar la partida.  Pero ya les digo que todavía tengo faena aquí. 

Abelardo el de Valcabado siempre tenía faena aquí, porque siempre estaba haciendo algo, desde niño; y seguía, con más de noventa años, con 94. De hecho, la última vez que Abelardo y Roberto mantuvieron esta conversación, hace tan solo unas semanas, el nonagenario pujaba por una hormigonera para alguna de esas obras que seguía haciendo. Y también seguía trabajando en el huerto, allí fue donde cayó y empezó una cuesta debajo de triste final; esta vez sí se fue a jugar la partida con esos amigos que le llamaban por teléfono "desde arriba". Abelardo no sabía estar sin hacer nada y esa inactividad impuesta doblegó esas fuerzas suyas que parecían indomables. 

Se puede argumentar que ya tenía una edad, cierto. Pero hay personajes que siempre se echarán de menos, que adquieren la categoría de inolvidables, que se merecen todo aquello que la vida les regale. Como decía Ricardo el de Matallana, cuando ya tenía 105 años: "Realmente tengo 25, que los primeros 80 estuve trabajando para estos 25… y los que me deben". 

Abelardo, que también presumía de que su nombre estaba el primero entre los ‘mecenas’ escritos a la puerta de la iglesia por haber colaborado «poniendo perras», pero también había sido fundamental para que ese artesonado llegara con vida a la restauración. Abelardo, vecino de la iglesia, vio cómo aquello se iba a venir abajo por las humedades. Cogió la azuela, el andamio e hizo un arreglo que le permitió ser la matriz de lo que hoy es el orgullo del pueblo. 

Primero fue experto en colocar redes de riego subterráneo, también en hacer pozos de 10, 12 ó 14 metros a pico y pala;levantó 12 depósitos de agua, de 150 casas, bodegas... 

Pero sí de algo presumía el paisano es «de lo que he trabajado, desde niño, que empecé con  mi padre cuando todavía era todo de tapial, después ya llegó el ladrillo y todo cambió», explicaba para viajar a su infancia y recordarse ya metido en faena. Aunque los avances no siempre eran, a su modo de entender, para bien.  "Yo, si me pides consejo, te hago una casa de tapia y adobe, es lo mejor que hay… Ni cámara de aire ni ostias, haces cámara y cuando aprieta pasa el calor, en una de tierra te digo yo que tienes que dormir con la manta en verano, pero claro, el ladrillo se trabaja muy fácil".

Empezó a trabajar de niño, tuvo oficios diversos, especiales, vinculados a los tiempos y a su tierra y ‘derivados’ de la albañilería, tal vez su oficio primero. Estuvo en Madrid, en una gran empresa. Después con el que llamaba su gran maestro, Atanasio, "que, entre otras cosas, hicimos el colegio de La Nora del Río". 

En el soportal de la iglesia de Valcabado, muy cerca de donde su nombre figura el primero entre los mecenas de su famoso artesonado mudéjar. |LAURA PASTORIZA
En el soportal de la iglesia de Valcabado, muy cerca de donde su nombre figura el primero entre los mecenas de su famoso artesonado mudéjar. | LAURA PASTORIZA

El agua, el riego en el Páramo, marcaron parte de su vida, de sus oficios, algunos ya desaparecidos como él los practicaba y, sin embargo, tan necesarios en tiempos. Todavía era un adolescente y se especializó en el riego subterráneo. "Coloqué muchísimas tuberías de riego bajo tierra; redes de 100, de 200 metros o más, hice una en Sahagún de dos kilómetros que se habló mucho de ella". También buscó el agua allí dónde estuviera pues sembró la comarca de pozos de agua "en los que había que bajar 10, 12 o hasta 14 metros para que apareciera el agua;  y paredes con cuatro metros de diámetro". Y ahí se callaba un momento esperando la pregunta inevitable: "¿Con qué?. Con las manos, todo a pico y pala que otra cosa no había". 

Y del subsuelo al cielo sin abandonar el agua pues otro de sus orgullos eran los depósitos de agua, muchos metros de altura para que tuviera presión el agua.  "Así, de primeras, recuerdo una docena de ellos que hice y más si hubiera querido, que me quisieron llevar a Asturias y a muchos otros sitios. Hice tres de este ayuntamiento, en San Pedro, Fojedo, Zambroncinos… El último, el más importante, fue el de San Martín, que lo fotografiaban los peregrinos, hasta en Rusia hay fotos del depósito". 

Con gran sentido del humor, llevaba tiempo diciendo que le estaban llamando por teléfono los amigos que ya se habían ido y creía que su buena salud era de comer "tocino de hebra"

Como defensor del barro y experto en él también hizo bodegas o restauró otras. En ese campo la joya de la corona de sus trabajos es una famosa, la de San Adrián del Valle, que decía Abelardo "creo que es la más grande España. Tenía hasta vía por su interior, con vagonetas como las de las minas para transportar las uvas y unas cubas de dos o tres mil cántaros. Allí me conocen mucho y me quieren porque esa obra, ¡ay salado!, quedó guapa, muy guapa; tenemos que ir a verla y te la explico".

La pena es que es una visita que esa caída dejó pendiente y la llamada de los compañeros para jugar la partida "allá arriba" ya la hace imposible. 

Pero será imposible olvidar a Abelardo, por sus obras, por su gracia y humor al contarlo, por su carácter… y por lo que trabajó: Pozos, depósitos, bodegas… hablan en su nombre.

- Pero, si eras albañil, ¿no hacías casas?

- ¿Cómo? Calculo yo que entre 150 y 200, la mitad de las del pueblo. La primera esta de enfrente de la iglesia, la de don Olegario, el cura, que entonces los curas mandaban lo suyo. Y en todas instalaba aquellas cocinas económicas.
Muy digna de su carácter era la explicación de cómo había pasado de los 90 años con ese humor, esa salud y esas ganas de trabajar: "Comiendo tocino de hebra".

Hasta que una maña caída le llevó a responder a la llamada de sus compañeros, con ellos estará jugando la partida… Daría algo por escuchar esa conversación. 

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