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A Praga desde Villahibiera

A Praga desde Villahibiera

OPINIóN IR

10/08/2020 A A
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A Praga desde Villahibiera
A Mozart, desde Quirico. Desde el cebollín a la bomba atómica. El camino de Demetrio Fernádez González ha sido largo. Pero, al fin, ha conseguido confeccionar una obra, que no quiere llamar novela, un par de libros que nos hablan de la historia de la Europa del S. XX, desde el punto de vista, político, artístico y cultural, de Praga, ciudad a la que le ha llevado su trabajo cultural en los últimos años. La ‘nueva cosa’ es un libro editado en 2017 titulado ‘Sinfonía de Praga’ y reeditado en 2019 junto con un nuevo hermano. ‘Complementum’ (Manifiesto) del leonés, de Villahibiera, el cual manejó hasta 249 títulos más para esta obra que no quiere ser una novela y es la nueva cosa: un recorrido, intenso y documentado, por la Praga del siglo XX, incluyendo la invasión nazi y la comunidad judía arrasada por las tropas alemanas. ‘El laberinto praguense’ lo llama en la página 518. Y el título le viene de la gran participación de la música clásica en el relato y el impacto de la Sinfonía 38 en re mayor, de Mozart, catalogada como K.504, estrenada en Praga. «Creo que la palabra novela ya se te queda corta y hay que buscar una nueva denominación, un nuevo nombre para la nueva cosa».

Leer este tipo de libros en tiempos de pandemia es tentar al destino, ya que la historia de la Europa del S. XX, incluyendo nuestra guerra civil y las dos guerras mundiales, es una tarea de titanes, que, al final se ve recompensada por la enorme cantidad de nombres importantes que aparecen, la cantidad de música clásica, y el engranaje de unos hechos que condujeron al mundo hacia la invención de la bomba atómica, poniéndolo al borde de la total destrucción. Sin duda, el autor participa de una idea que Kafka expresa de este modo. «Un escritor que no escribe es un absurdo que desafía a la locura» (p. 195).

Inclasificables, el libro y el autor, y tan solo al alcance de alguien a quien le rebosa la información, la historia, la música, la ciencia, y en general: la cultura. Y que necesita compartirlo con los demás, tal vez como un tributo a la suerte que le ha deparado la vida, al permitirle conocer de cerca tanta maravilla. Un camino que va desde el cebollín al que nos enviaban deniños a ‘escardar’ a Villahibiera, y la dulzaina de Quirico (al tambor Fausto el de Quintanas) hasta la Praga de Alfred Einstein, Malher, Kafka, Mozart y Max Brod. Casi nada. Aunque, a Quirico, de vez en cuando, se le mojaba la ‘payeta’.
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