Vivimos tiempos marcados por la discusión ridícula y obscena. Hasta cuando están de acuerdo riñen. Una coma, un punto, una paja en el ojo ajeno se convierte en motivo suficiente para justificar aquello a lo que fueron: a no estar de acuerdo.
Y lo triste es que cobran por lo contrario. Y cobran bien, muy bien, por estar sentados enfrentados si lo comparas con los que cada mañana sudan para levantar la trapa del negocio o el de la vida.
Las banderas se han convertido en uno de los motivos más manoseados de disidencia. Si tú la pones yo la desprecio. Si tú la desprecias yo la pongo ¿De quién es la bandera, ésta y cualquiera? Vuestra, os la regalo.
Estoy más con Drexler: «Yo no sé de dónde soy / mi casa está en la frontera. / Y las fronteras se mueven / como las banderas».
Tal vez la solución está en la foto. Si la bandera fuera él. Si nuestra bandera fuera esos paisanos que se levantaban al amanecer a sembrar el desierto que habían hecho de sus tierras, labrantines sin desmayo. Si la bandera fuera esas mujeres que se levantaban media hora antes a faenar en todo. Los médicos que nos atendieron en burra o mula. Los mineros que sobrevivieron al grisú y la codicia. Pastores de la vecera y los niños que fueron a dormir en el chozo. Lazarillos de ciegos que ven...
¿Alguien se atrevería a manosear esta bandera?
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