Durante muchos años, décadas, el único lujo que se permitían las mujeres del campo (y no todas), después del duro verano de trabajo era «ir a tomar las aguas a la calda».
Con el tiempo a la calda le llamaron balneario y sus aguas calientes se convirtieron en fuentes termales, pero no borraron aquellas leyendas de un caballo reumático y viejo que se detenía a beber en el manantial de alguna calda y mejoraba de manera casi milagrosa de aquellos andares tristes. Las aguas de la calda... si sanaban a un caballo qué no harían.
Era un lujo cercano. Había caldas de Cofiñal u Oseja de Sajambre a Ponferrada, Parada Solana, Boñar, Tabuyo, Villanueva de la Tercia, Morgovejo, San Adrián o Getino... hasta ellos llegaban aquellas mujeres destrozadas por el sol, el viento, el arado y ordeñar las vacas a mano para aliviar los dolores de una vida encogida y una espalda doblñada. Creían en aquellos baños impares, hablaban maravillas de sus efectos...
Pero, tal vez por ser terapia de pobres, los dejaron derrumbarse, uno a uno, más de dos docenas que ofrecen estampas de terror, olvido y ortigas.
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