Me sorprende la vida, y el camino, en mitad de la diana de Salamón, la última de la temporada, la mejor forma de no tener que guardar las formas, de desenfrenar los sentimientos y de abrir la puerta a las canciones regionales que preceden a la exaltación de la amistad.
Es imposible abandonar una diana de verdad sin una disculpa convincente, un pretexto que realmente no existe pues no te la dan de paso los dianeros. El ‘déjate de pijadas, bebe orujo y come morcilla’ es la respuesta que parecen haber aprendido todos como una consigna.
Intento algo que no les inmuta lo más mínimo:«Tengo que escribir la contra del periódico». No les impresiona lo más mínimo, pero en la solidaridad de las dianas con abrazos, Claudia propone una tormenta de ideas —para mí— que ella, que está estudiada llama brainstorm:«¿Por qué la iglesia ocupa espacio si no abre en todo el año y no tenemos dónde jugar a los bolos?, ¿por qué no nos sacan vino de misa, que es muy rico, cuando pasa la diana por delante?, ¿por qué a un hombre bueno le pueden quitar los puntos del carnet?, ¿por qué a mí abuela le gusta El Algarrobo?...
Abrimos de manera comunal la citada página a ver qué nos depara el destino y lo primero que aparece es un llamativo stop, quietos ahí, ¡detente Abraham!... que cercenan el albedrío hasta en las dianas.
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