Dicen que dijo Picasso –aunque nunca se sabe porque ahora dice frases solemnes hasta Alvise– que «me llevó cuatro años pintar como Rafael, pero me llevó toda una vida aprender a pintar como un niño» cuando ya se estaba defendiendo de aquellos que antes de entrar al museo dicen aquello de «eso lo pinta mi hijo de 8 años».
Porque en todas las casas hay un niño genio que pinta, en todos los equipos de infantiles un niño zurdo que la toca como Maradona, una niña que canta como Madonna o mejor... y, al final, lo más normal es que tanto genio acabe en el cubo de la basura pues, nos consolamos los padres, no tuvimos padrinos, que arte y calidad les sobra. Siempre lo decía Paulino El Chivero cuando contaba sus sueños en Sahagún... «si me llegan a dar una oportunidad».
Y así fue como el almacén o el cubo la basura acaban albergando aquella obra de arte de un genio, un balón pinchado por los sueños rotos o uno que canta en la ducha lo que le negó el Scala de Milán.
La realidad más real acaba siendo el carretillo, el andamio y la gaveta para hacer cemento mientras cantas La Traviata.
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