Cuando Juan El Hojalatero cajoneaba —ésa era la palabra que él utilizaba porque todo lo que llevaba encima era un cajón— la provincia siempre se producía el mismo diálogo con la clientela, generalmente mujeres que le llevaban potas y cazuelas a estañar.
- Juan, te traje la otra vez que viniste una cajonera para ahormar y dijiste que no podías por no sé qué.
- Por no sé qué no... te dije que esa obra requería trabajarla con el parahuso, que aquel día no lo traía.
- ¿Y hoy lo traes?
- Tampoco.
- ¿Y cuándo lo traes?
- Cuando no lo necesites tú; decía airado el artesano, molesto ya con la conversación, pero pronto se tranquilizaba y explicaba que el secreto de toda obra era el instrumental, tener a mano lo necesario para rematar dignamente.
Por eso en la imagen sale ‘el parahuso’ y no la mano del artesano.
Lo del parahuso es una lección de vida. Extrañamente tengo la sensación, ahora que empieza la campaña electoral, que va a venir mucho prometedor de oficio que dicen arreglar lo que haga falta.
Otra cosa es que traigan el parahuso. Que me da que no lo van a traer.
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