Si cada vez hay menos obras y, por otra parte, cada vez hay más jubilados... se produce una descompensación evidente en algo que une a los dos colectivos con una interdependencia de larga tradición. La primera obligación de todo buen jubilado, incluida en una cláusula no escrita de jubilación: la primera obligación de todo jubilado es ir a vigilar las obras que les queden más cercanas o sean más importantes; que cuando hicieron El Corte Inglés hubo algunos días —inolvidable cuando se supo que llegaba la escalera mecánica— que había más empujones que en la cola de las sopas de ajo de la Noche de San Juan.
Y ya ni os cuento cuando se hizo el Puente de la Autopista, el famoso Puente Fernández Casado sobre el pantano de Barrios de Luna. Desde las modestas escuelas de todo el contorno los maestros organizaban excursiones para ver ‘el puente’ y las conversaciones sobre aquella maravilla duraban semanas, de ver las hormigoneras de los albañiles del pueblo a aquellas pilastras... uff.
Menudo trauma ahora que las joyas de la obra pública se encierran en una sucesión de vallas y guardas jurados. Nadie valora el daño que se hace cambiando las excursiones a las obras de los niños por los viajes a las luces de Vigo de las asociaciones de pensionistas.