«No me aparto», que es como dicen en los pueblos que te dan la razón, de que la Reina Urraca de León tuvo que ser la de dios o más. Solo con que haya sido la mitad –qué digo la mitad, la décima parte– de lo que dicen los libros, calles, callejones, retratos, homenajes, congresos y hasta ponencias en todas las semanas culturales, desde Rodillazo a La Barosa, ya fue más listísima que un maestro que hubo en Genicera o que Langreo el de Casares, que veía crecer la hierba, según cuentan los cronicones..
Pero «si lo poco agrada lo mucho cansa», que seguramente dijo Cicerón, traducido al leonés de mi abuela «ya estomaga tanta Urraca».
Que digo yo, ¿qué coche de linea conducía la señora Urraca para que le pongan su nombre a la estación de autobuses? Porque Catalina la de Lillo conducía el Cofiñal-Boñar y ni se acordaron de ella por más que fuera la primera mujer en hacerlo.
Y no me quiero imaginar si Lorca levanta la cabeza y se encuentra de mayordomo de la susodicha...
Que no me aparto que lista tuvo que ser. Listísima, diría yo.
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