La sucesión de las estaciones pueden abrir los telediarios, puede que el invierno no llegue hasta diciembre, puede que los bosques de mil colores nos hablen del otoño, puede que haga un calor impropio de noviembre...
Puede. Pero los ciclos del alma no tienen calendarios, y las flores sobre las tumbas que marchita en pocas horas el amanecer de una helada marca la llegada del invierno, el abandono de los pueblos, la soledad de muchas calles por las que ya nadie camina.
En la mañana se llenaron los pueblos y sus casas como pocas veces en el año. La visita al cementerio, las flores sobre las tumbas, las conversaciones con el vecino de nicho con sabor a despedida hasta el próximo verano, el recuerdo de los que allí quedan, el recuento de los últimos que nos han dejado, el lamento de cómo avanza el abandono y el olvido.
Y por las tardes, después de la comida familiar, el más joven de la casa coloca ante la puerta de madera un panel protector que anuncia su cierre, no solo por la nieve, el sol y las heladas también golpean con ira la madera de esas puertas que ya se cierran.
Y hoy amanece con sol, pero ya es invierno.
El calendario y el telediario llevan otros ritmos, pero no son los del alma.
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