Vaya por delante que, al final, el juguete que más tiempo duraba en la casa era una pelota de papel metida en un calcetín, un aro hecho con una rueda vieja, una caja a la que el carpintero le ponía unas presuntas ruedas, muñecas de trapo, gomas para saltar y, sobre todo, el rústico tiragomas, hecho con las ramas en y griega que encontrabas en una salguera y artesanalmente rematabas con las gomas cortadas de cámara de una rueda de bicicleta y un trozo de cuero que era una joya cuando lo encontrabas por casa.
Vaya por delante que aquellos reyes, menos magos de lo que parecen, no tenían nada de esto en stock y los muy cabrones, con perdón, repetían año tras año unas camisetas de invierno, un jersey de lana como el que le habías visto hacer a tu madre en filandón y un gorro de lana para cuando ibas a esquiar a la Lampaza, con los esquís de tabla que te había hecho Aurelio El Cepedano, que era muy curioso para estas cosas.
Sentadas las bases de esta realidad cotidiana, más bien anual coincidiendo con el 6 de enero (Papá Nöel ya era como Trump, nos tenía manía) hay que reconocer que fueron hechos tan extraordinarios como la subida a la luna que a alguna casa privilegiada llegaran aquellos Juegos Reunidos Geyper, el Exin Castillos, una muñeca de Famosa que sí había llegado al Portal —el fin, porque llevaban un mes dirigiéndose hacia él— y, sobre todo, cuando a un privilegiado le trajo un indiano un Scalextrix, había turnos para ver pasar los coches, como en la foto, e incluso peleas porque "ahora me toca a mí hacer el ruido con la boca de los coches". Lo de ponerle sintonía a los derrapes era todo un arte.