Llevaba el coche unos días en la orilla de la carretera, convirtiéndose por ello en un reclamo. No era de un pescador pues dormía allí, nadie merodeaba...
El siguiente paso, pocos días después, fue que las ruedas delanteras habían sido sustituidas por unos ladrillos. Pocas horas después las traseras eran unos bloques. Los espejos cumplían su faena ya lejos del vehículo olvidado. De la baca (cuidado corrector, que van a venir los académicos) no quedaron más que unos tornillos que no debieron poder aflojar...
Cuando el dueño llegó solo encontró la desolación y no se le ocurrió otra cosa que poner un letrero, que era tanta protesta como ironía, tanta socarronería como desesperación: "Se os podía haber ocurrido llamar al desguace. Ya puestos".
Mejor suerte corrió aquel coche que a un asturiano asistente al Entierro de Genarín "se le olvidó" en la Venta de la Tuerta, donde estuvo un año, hasta que en la siguiente edición de la procesión del santo lo vio allí aparcado: "¡Ostia, el mi coche, no me lo habían robado". Como estaba allí, en un lugar habitado, debieron creer que era de ‘la casa’.
¿Cuál será el futuro del de la foto? La gracia, de momento es inocua, salvo que los papeles que vemos sean denuncias que se van acumulando aunque, todo sea dicho de paso, no lo parecen.